Salvador Guirado, perdonen que no les dé la mano

Abril 29, 2008

El camino juntos

Guardado en: personal — salvaguirado @ 10:25 am

Desde que lo vio de lejos sintió curiosidad. No paró de caminar hacia donde él se encontraba sentado a la sombra de un árbol, y conforme se acercaba decidió que pararía a hablar con ese hombre. Ni se le pasó por la cabeza pensar que pudiera resultar inconveniente o peligroso, simplemente sintió ganas de hablar con el hombre.

Era bastante mayor, no anciano -pero quién sabe poner la raya que delimita la vejez-, y parecía estar descansando, relajado, con el cuerpo apoyado en el tronco del árbol y mirando tranquilamente el camino por el que se acercaba alguien que no paraba de mirarlo. Así que también sintió curiosidad por el encuentro que ya parecía inevitable. Él, si miraba, siempre lo hacía de lejos, la vida le había enseñado que si miraba de cerca a las personas podía ver a su través, su mirada era muy directa y escrutadora, así que tenía que guardarse de ella porque podía molestar a quien se sintiera mirado. Por eso siempre miraba de lejos y a menudo con un deje de ironía que le permitía mantener las distancias. Pero ese día estaba relajado, no tenía ganas de ponerse la careta de la indiferencia y vio cómo se acercaba a él alguien que lo miraba, y él miró.

Así que sin pensarlo mucho se paró ante el hombre mayor sentado debajo del árbol y decidió hablar. ¿Te molesta que te haga una pregunta?, le dijo, y él le dio permiso como no podía ser de otra manera. Pero le dio permiso con la mirada y ya la pregunta se contestó sola. Se sentaron a hablar juntos un rato debajo del árbol. Hablaron mucho y poco y se comprendieron fácilmente. Pasó el tiempo como pasa el tiempo cuando dos personas se comunican con intensidad, muy rápido, por lo que le propuso al hombre mayor aprovechar lo que quedaba de día para seguir un rato más por el camino.

Para ser mayor no andaba mal, mantenía un buen ritmo sin aparente esfuerzo aunque era consciente de sus limitaciones. Andaba y hablaba, no dejaba de hablar porque no dejaba de hacerle preguntas. Sin saber cómo se vio respondiendo a todas las preguntas que le hacía y parecía tener todas las respuestas, sólo tenía que mirar un poco hacia atrás y encontraba situaciones muy parecidas vividas por él con anterioridad y eso le dio la seguridad necesaria para responder a las preguntas. Pensó, para esto sirve la experiencia, y se puso contento de haber vivido tanto.

Al mismo tiempo que le preguntaba cosas le iba contando casi sin querer mucho de su vida pero no le importaba. Sintió que podía confiar en alguien después de que en su corta vida le hubieran hecho daño, un daño que no estaba en disposición de perdonar. Pero con el hombre mayor sintió seguridad porque parecía comprender todo lo que le contaba y para todo tenía respuesta. No podía sentirse mejor que con aquella compañía.

Caminaron juntos y hablaron y compartieron vida y sin apenas darse cuenta llegaron a una bifurcación del camino. No parecía grave, las dos partes en que se dividía el camino se alejaban casi en la misma dirección, sólo se iban desviando una de la otra poco a poco y quizás a lo lejos se vislumbraba un cambio de dirección más importante. Y le preguntó al hombre mayor cuál tomaban, ¿seguimos éste o aquél?, y el hombre mayor supo que le daba igual cualquier camino que eligiera porque para él se había acabado el camino juntos.

Como pudo le explicó que él ya no podía responder a esa pregunta, que su vida no le había preparado para responder a la pregunta. El camino había que elegirlo por uno mismo. Le dijo que uno podría equivocarse o no al elegir el camino, y que hay veces en que si te das cuenta a tiempo puedes volver a desandarlo, y otras veces en que poco puedes hacer más que seguir hacia delante porque ni tú mismo estás seguro de que merezca la pena volver a andar lo andado.

Y le dijo que él tendría que desandar el camino que habían hecho juntos pero porque no le quedaba más remedio si quería volver a casa. El trecho compartido del camino lo alejaba de casa y ya era hora de volver. No era muy grave porque la distancia recorrida no fue muy larga, el hombre mayor estaba seguro de que tendría fuerzas todavía para regresar a casa pero no podía arriesgarse a que se hiciera demasiado tarde porque su vista ya no era tan buena como para andar con poca luz.

Cuando vio al hombre mayor dar la vuelta y regresar pensó que no era justo que se fuera en ese momento y de esa forma. Tenía delante de sí una bifurcación y esperaba que le hubiera ayudado a decidir, qué trabajo le costaba haber hecho un poco más de camino juntos. No le molestaba en absoluto la compañía del hombre mayor y creía que junto a él sería mucho más fácil tomar decisiones importantes. Era irritante lo injusto de la situación. Volvió la cabeza y miró al hombre mayor alejándose, a buen paso, se notaba que no quería llegar tarde a donde fuera, lo que no vio fue cómo al hombre mayor se le caían las lágrimas.

Abril 27, 2008

Lo que queremos, lo que quisiéramos

Guardado en: personal — salvaguirado @ 7:35 pm

Una de las primeras cosas que he hecho esta mañana ha sido escuchar la música de Paco de Lucía, así empezó de bien este domingo. Su disco Siroco, un disco que suena a flamenco pero suena a flamenco de Paco de Lucía. Es del año 1987 y sigue siendo moderno. Con el flamenco me pasa como con el jazz, que me suele gustar más lo que más se acerca a lo que es esencial, sin embargo de vez en cuando surge una figura que sí evoluciona de verdad algo, no sólo que lo hace a su manera sino que inventa nuevos caminos que iluminan y alimentan a muchos otros que vienen después. Y no descubro nada si digo que Paco de Lucía es uno de esos. Lo llamamos genio de la guitarra flamenca, lo mismo que a otros hemos llamado genio de la pintura o del cine o de la danza.

Pero me acordé pronto que hace solo unos días leí unas declaraciones de Paco de Lucía en las que venía a decir que se sentía preso de la guitarra, que le gustaría poder apartarse alguna vez de ella, porque ha vivido para ella. No sé si serían así exactamente porque el medio en el que leí esto no es de los más estrictos a la hora de publicar noticias pero no debían de andar muy descaminadas.

Y es que a muchos nos gustaría tocar la guitarra como Paco (o como Tomatito o Vicente Amigo si de la guitarra se trata), y cantar y bailar y pintar y escribir y muchísimas más cosas y para todas ellas encontraríamos un referente. Pero de lo que nos olvidamos casi siempre es de lo que hay detrás de todos los artistas a los que admiramos por su éxito, su enorme dedicación y sacrificio para llegar a ser lo que son o han sido.

En muchos casos el sacrificio que han tenido que hacer ha sido tremendo, y es posible que si en un momento dado se les preguntara si ha merecido la pena ellos podrían dudar de que en realidad la hubiera merecido. Es la paradoja del artista reconocido, con éxito, envidiado por los demás pero que su vida no siempre es tan feliz como nosotros nos la imaginamos, porque en realidad nos imaginamos a nosotros mismos si tuviéramos el mismo talento que ellos pero sin el trabajo y el esfuerzo que les ha llevado hasta allí.

Para ser un artista de los de verdad -de esos es de los que estoy hablando- hace falta talento y mucho esfuerzo. En el caso de Paco de Lucía creo además que había un padre que se preocupaba y se ocupaba de que tocara no sé cuántas horas diarias. Es algo que ocurre a menudo. El talento hace falta para ser uno de los grandes pero el esfuerzo es indispensable para el éxito. Muchos, con esfuerzo, llegan a ser grandes artistas, la historia está llena de ellos, y nosotros los disfrutamos porque no todo el mundo puede ser Bach o Goya o Cervantes pero sí se puede ser un artista que sea capaz de transmitir belleza y sentimiento en lo que hace.

Así que muchos quisiéramos tocar como Paco, pintar como Sorolla, escribir como Marías, cantar como Camarón, bailar como Duato, hacer películas como Woody Allen… Quisiéramos, seguro. Y si se puede todo a la vez, mejor. Pero lo que queremos es conseguir todo esto sin esfuerzo, sin sacrificio, de la noche a la mañana. Y a nadie le importa lo que cada uno de esos creadores ha tenido que sufrir -no digo trabajar, digo literalmente sufrir- para llegar a crear algo nuevo y bello.

No es de extrañar que muchos grandes artistas acaben tan mal sus vidas -ni por asomo quisiera que acabaran así los que he nombrado y siguen vivos; faltaría más, yo los quiero bien-, ellos no eligen ese final pero en demasiadas ocasiones detrás de muchos artistas reconocidos hay personas que no son tan felices como pensamos.

Yo quiero disfrutar de la belleza de las cosas que crean, de la sensibilidad que demuestran, queremos quedarnos con lo bueno que tienen para darnos -como tantas veces pasa en las relaciones humanas-, no preguntamos cuánto les ha costado llegar, no queremos saberlo, pero quisiéramos ser como ellos en lo externo, en el éxito. Por eso proliferan esos programas de televisión medio concursos medio realities donde unos jóvenes hacen y aguantan casi lo que haga falta para demostrar que cantan, o bailan, o tienen talento. Y solo muy poquitos y con muchísimo esfuerzo serán capaces de hacernos disfrutar con su arte. Los demás pasarán sin pena ni gloria.

Y mientras he escrito esto, no he podido sustraerme a la tentación de volver a escuchar a mi admirado Paco de Lucía. Cuando uno escucha una bulerías de Paco sabe que él las ha reinventado, después de él han sido distintas, y bellísimas.

Abril 23, 2008

Nevermore

Guardado en: personal, sociedad — salvaguirado @ 11:08 am

Un comentario de Arias a un artículo anterior me hizo recordar la palabra nevermore, es la que una y otra vez repite el cuervo del poema de Poe -no es que Poe no escribiera más poesía, pero desde luego este poema es el más conocido-. Voy a confesar algo, aun a riesgo de parecer pedante (y comprendo que cualquiera pudiera pensarlo de mí, yo lo haría de otro): había leído el poema de Poe en su versión original, en inglés, y nunca llegué a leerlo en español. Me parecía bastante difícil de traducir, y en todo caso pensaba que al traducirlo se perdería todo el sentido del ritmo que Poe había procurado darle. Así que cuando vi lo que había escrito mi comentarista más asidua, Dijo el cuervo…”nunca jamás”, me acordé del Quoth the raven, “Nevermore.” de Poe y pensé que yo habría traducido nevermore por nunca más en vez de nunca jamás. Cualquiera de las dos traducciones es correcta pero no me imagino a un cuervo diciendo nunca jamás -para hacerse una idea puede uno intentar imaginarse a un loro, que será más sencillo, decir una cosa o la otra-.

Y como los pensamientos vuelan con rapidez, inmediatamente pensé que ‘nunca más‘ tiene para nosotros unas connotaciones especiales. Para empezar fue el nombre con el que se conoció al informe Sábato que nació de la comisión presidida por el escritor Ernesto Sabato para esclarecer las infamias que se habían producido en Argentina durante la dictadura militar. En él se detallaban los secuestros, las torturas y desapariciones que se habían cometido bajo el amparo del régimen militar que presidió ese país entre 1976 y 1983. Todavía recuerdo la cara de Sabato leyendo el informe, no se me olvida. Es difícil aceptar que los humanos seamos capaces de cometer tantas infamias, pero es así, no son patrimonio de ninguna época ni de ningún país sino que nos tienen que hacer pensar sobre la naturaleza humana, y no es muy halagüeño lo que vemos como colectivo -siguen y seguirán las guerras y la infamia, aunque yo desde luego no creo que haya que tener una actitud pasiva ante los hechos-.

También me recordó que los españoles hemos tenido recientemente otro nunca más en versión gallego, el nunca máis, el movimiento solidario de unos ciudadanos para recordar la enorme tragedia ecológica producida en las costas gallegas -pero no sólo en ellas- por el hundimiento del Prestige. Esa tragedia que debe ser recordada con la esperanza de que no se vuelvan a repetir las condiciones que se dieron en la catástrofe, tanto las del propio buque como de la gestión que se hizo por parte de las autoridades que participaron -nunca mejor dicho- en la tragedia.

Así que tenemos dos tipos de nunca más. En el poema Poe presenta a un hombre que se duele por la pérdida de su amada Leonor, y que intenta buscar noticias suyas a través de lo que él cree que es un espíritu o demonio que se le presenta en la forma de un cuervo que ante sus preguntas va diciendo una y otra vez, nunca más. Hasta que el hombre se da cuenta de lo irremediable de la pérdida. No va a volver a ver a Leonor nunca más. No hay solución ni vuelta atrás. La pérdida es irremediable e irrevocable, más vale que su espíritu se enfrente a ello y lo acepte.

Y por otra parte está el nunca más de los casos como los del informe Sábato o del Prestige. Son un grito de rabia pero también de determinación de que tragedias humanas o ecológicas no vuelvan a repetirse. Son la expresión de un deseo de que no se olviden los hechos para que tomemos conciencia de que no podemos permitir que sucedan de nuevo.Y he puesto solo dos ejemplos pero podría haber escrito muchos más de parecidas características. Cada uno puede recordar los que más le hayan impactado.

Lo irremediable de la muerte frente a lo remediable de la actuación humana. El cuervo nos dirá nunca más para que nos hagamos a la idea de que la muerte no tiene remedio, y nosotros tenemos que aprender a decirnos nunca más para no repetir los errores que cometemos en nuestra vida. Nevermore.

Abril 19, 2008

El deportista y el aficionado

Guardado en: personal, sociedad — salvaguirado @ 6:22 pm

Tengo con el deporte estas dos clases de relaciones, lo practico y además soy aficionado a verlo. Pero practico un deporte y soy aficionado a otro, no sé si es paradójico pero es así. Me gusta ver baloncesto, desde hace mucho tiempo, desde los tiempos en que jugaban Emiliano, Sevillano, Buscató, Luyk, Brabender y compañía; después vinieron más, muchos más y muy buenos pero aquellos fueron los que prendieron la llama de la afición a ese deporte. Por aquel entonces veíamos baloncesto en la tele cuando lo ponían en la única cadena que había. Ahora no lo ponen mucho más porque ya sabemos qué deporte domina la programación deportiva, pero por lo menos podemos ver algún partido a la semana. Yo veía baloncesto porque me gustaba pero no entendía casi nada de técnicas o estrategias. Tuve que esperar a que Ramón Trecet con su programa Cerca de las Estrellas nos enseñara a ver baloncesto y nos descubriera el baloncesto NBA (a Ramón Trecet hay que admirarlo por su faceta de periodista deportivo y aún más si cabe por su programa de música Diálogos 3; allí en Radio 3 también nos enseño a escuchar música diferente, con él descubrí el new age o la música étnica, Arto Tunçboyaciyan y su Armenian Navy Band sin ir más lejos).

Y desde hace años soy seguidor del Unicaja de baloncesto, seguidor primero y abonado años más tarde, cuando pude. Vamos en familia al Martín Carpena a ver al Unicaja. Y tenemos a nuestro alrededor a un grupo de amigos con los que compartimos las alegrías y las penas de los partidos. Esta temporada han sido más las penas, qué le vamos a hacer. En este artículo no voy a dar mi opinión sobre lo que pasa porque no me gusta mucho lo que leo en la prensa y en algunos blogs que visito sobre el particular. Y dentro de poco más de dos horas tenemos partido contra el Barcelona, así que a ponerse delante de la tele -lo dan por la 2-, y a sufrir un poquito con algunas de las cosas que digan los comentaristas de turno (a excepción de Joan “Chichi” Creus que no sólo sabe sino que es un señor; de todas formas podía ser peor: podía ser retransmitido por Canal Sur y entonces habría que rajarse las venas para no escuchar).

Casi todos nos comportamos de una forma algo diferente cuando estamos en medio de una concentración grande de personas. Y esto es lo que pasa en una cancha de baloncesto. Yo me comporto con algo más de entusiasmo que de ordinario, quiero decir que me puedo convertir en un exaltado -pacífico, pero exaltado- en cuanto veo un arbitraje malo, o sea todos los días, porque buenos los hay pocas veces. La injusticia del mal arbitraje me mata. El mal juego del equipo me desilusiona pero siempre espero que la calidad de jugadores y entrenador salgan a relucir y la cosa no termine mal. Y cuando el equipo juega bien, ay amigo, entonces es difícil controlar la emoción que produce en nosotros; no digo ya las veces que se ha ganado algún título.

Todas estas cosas son muy normales, pero como animales sociales que somos hay que vivirlas en directo para comprender hasta qué punto los espectáculos deportivos emocinan al público -el circo de los romanos, para entendernos-. Siempre me ha parecido adecuado el baloncesto como espectáculo para que mis hijos asistieran a él, y salvo rarísimas excepciones no me arrepiento de llevarlos a la cancha: aprenden también muchas cosas allí.

Sin embargo, creo que he jugado poquísimas veces al baloncesto, y las pocas en mi niñez. Desde pequeño me gustó jugar más a los deportes de raqueta (entre otras cosas porque era muy malo jugando al fútbol, y no me quedaba otro remedio que buscar alternativas). He practicado muchas modalidades, tenis, frontón, tenis de mesa, squash, y ahora pádel. Pero lo importante aquí no son las emociones que produce el deporte como espectáculo, sino las emociones que produce el juego, que es distinto. Uno puede practicar deporte por distintas razones, por cuidar la salud, por costumbre, por modas, pero lo que más me gusta a mí es el sentido del juego, eso que los primates no podemos remediar. Me gusta jugar, y en el juego se conoce bastante bien a las personas. Cuando llevas tiempo jugando con las mismas personas aprendes a conocerlas. Sabes quién quiere aprender, quién quiere echar el rato, quién no soporta perder, quién tiene aguante, quién sabe pedir perdón, quién sabe ganar, quién se viene abajo a la más mínima…

He vivido todas esas situaciones, en una medida u otra ves alguna de estas cosas en ti mismo y en los que juegan contigo. Así que también es una buena escuela de la vida, porque en la vida hay que jugar, y hay que saber qué es lo importante del juego, qué es lo que sacamos en limpio de todo. Y hay que saber perder porque no siempre se puede ganar, y hay que saber ganar y comportarse entonces con humildad porque mañana vamos a perder. Y sobre todo, que el juego se acaba, y después nos vamos a tomarnos una cerveza con los colegas (que es para lo que juegan muchos) y ahí se acaba casi siempre la mala uva del que haya perdido. Y escribo esto en fin de semana para que ninguno de mis colegas de pádel vaya a leerlo porque estén en sus ocupaciones familiares, y así me evito algún comentario que ya me imagino. Total, yo no pierdo nunca :-)

Abril 16, 2008

Va de libros

Guardado en: personal — salvaguirado @ 10:54 am

Por motivos profesionales he estado apartado del blog algo más de lo que me hubiera gustado, así que me disculpo ante aquellos que lo hayan visitado en los últimos días esperando ver algo nuevo -tampoco es que sean tantos los visitantes del blog pero desde luego sí son algunos más de lo que parece por el número de comentarios que se hacen-.

En un artículo anterior dije que escribiría sobre el último libro de Javier Marías y sobre el autor del mismo. Después, la serie de artículos seguidos sobre la universidad ha hecho que se retrase en el tiempo este artículo prometido. Y no es lo mismo escribir en caliente, en cuanto uno lo ha leído, sobre un libro que cuando después han venido otros. De todas formas tengo que aclarar que el que uno sea un lector asiduo (diría empedernido, pero me suena cursi) no le da más valor a sus opiniones que a cualquiera otra, y también aclaro que jamás leo las críticas literarias, ni antes ni después de leer un libro. Esto es como lo de los vinos que escribía hace tiempo, un libro te gusta o no, o te gusta mucho, poco o nada, no hay mejor crítico que uno mismo, lo que uno ve en un libro no tiene por qué ser compartido por otros, y esto se puede aplicar a casi todas las artes. Si hablamos de gustos literarios o de las emociones que provoca un libro en nosotros, siempre estamos hablando de una experiencia individual, no como puede llegar a ocurrir con otras cosas como por ejemplo un concierto, una obra de teatro, una película o incluso una exposición, actividades en las que tenemos al lado a otras personas y cuya sola presencia influye en cómo vemos o sentimos lo que se nos presenta (incluso llegando a la catarsis si hace falta).

Sin embargo, yo creo que hay pocas cosas tan íntimas como leer un libro. Y por eso solemos hablar poco de las emociones que nos producen -por eso y porque se lee bastante poco en general, no nos engañemos-. Bien, pues esta tercera y última parte de la novela de Javier Marías Tu rostro mañana, Veneno, Sombra y Adiós, me ha parecido simplemente genial. No es que haya variado mucho con respecto a las dos anteriores, ahí están, pero es en ésta donde me he encontrado con un escritor como pocos he disfrutado en mi vida. Es una novela -en su conjunto- arriesgada, técnicamente compleja y, para mí, lo que se podría llamar una obra cumbre. Realmente pasan pocas cosas, son unas pocas escenas las que transcurren en total, y son las continuas reflexiones al hilo de las cosas que pasan las que hacen única a esta novela. Uno puede abrir el libro por casi cualquier página -y yo lo he hecho una vez acabado de leerlo- y encuentra algo sobre lo que merece la pena pensar y sobre lo que Javier Marías nos ofrece sus reflexiones: la violencia, el desengaño, la cobardía, la traición…, una cosa impresionante. Sólo me había pasado eso de abrir un libro por donde sea y disfrutar de él en muy pocas ocasiones, casi el único caso que recuerdo es con Marcel Proust y su En busca del tiempo perdido. Y sí, lo que estoy haciendo literalmente es poner casi a la misma altura -digo casi por respeto a la figura de Proust- a la novela de Marías con la obra maestra de Proust. Esto es lo que a mí me parece este libro, una obra maestra, un placer para mis sentidos.

Tanto es así que después de leerlo no he tenido ganas de empezar a leer un libro nuevo -la verdad es que empecé uno y lo tuve que dejar a los diez minutos, no lo soportaba- y me he dedicado a releer alguno de los que tenía por casa. Empecé por algunos cuentos de Poe que siempre puede volver uno a ellos, y ahora estoy leyendo una novela que leí hace no sé cuántos años, muchísimos, una de Agatha Christie, Poirot en Egipto, aquella sobre la que se hizo la película Muerte en el Nilo. Conforme voy leyendo me acuerdo de la película y a Poirot siempre lo veo como a Peter Ustinov. Es entretenida y me está ayudando a pasar el periodo de ayuno necesario para tener ganas de volver a leer un libro nuevo, después de leer la enorme novela de Javier Marías.

Abril 8, 2008

La universidad y el profesor (II)

Guardado en: personal, sociedad, universidad — salvaguirado @ 11:11 am

Lo que pienso sobre el proceso enseñanza/aprendizaje se puede resumir en una palabra: compromiso. Desde hace unos pocos años, el primer día de clase les digo a mis alumnos que si ellos quieren aprender Biología Celular (la materia que imparto) yo me comprometo a enseñarles, o sea a ayudarles a aprender a pensar como lo hace un biólogo celular. De eso se trata, ni más ni menos; si los alumnos no quieren aprender no hay nada que hacer, uno puede cargarse de razones y exigirles que al final del curso demuestren saber una serie de cosas que se han estudiado en los apuntes o los libros, y al que no lo logre lo suspende. Pero no nos equivoquemos, no estamos hablando de aprobar o suspender a muchos o pocos, ni de porcentajes de éxito (esos que ahora nos quieren proponer como indicios de calidad), no, estamos hablando de enseñar.

Ser profesor no es por tanto una labor que uno haga independientemente de los alumnos que tenga delante. Es algo que tiene que hacerse con los alumnos que quieran aprender. Por eso no concibo que un profesor universitario (hablo de lo que conozco, no intento generalizar para otros niveles de enseñanza) repita años tras año los mismos conceptos en clase, o intente conseguir los mismos objetivos sin tener en cuenta a los alumnos que en ese momento tiene.

Ser profesor por tanto exige una presencia física en el aula: sean las clases magistrales o no, sean teóricas o prácticas, si no estoy en presencia de los alumnos no puedo evaluar cómo va ocurriendo el proceso. Por eso tampoco concibo la enseñanza puramente virtual. Sé que está muy de moda y que parte del futuro pasará por ahí, pero a mí no me llama la atención lo más mínimo -sólo he participado durante un curso académico como profesor en un máster virtual, y una vez vivido no lo he vuelto a repetir-. Para las universidades parece ser que tiene muchas ventajas lo de los títulos impartidos mediante docencia virtual (o a distancia, que es más o menos lo mismo), pero es que yo creo que las universidades se pueden acabar convirtiendo en una especie de supermercados de títulos (en la mesa redonda a la que hice alusión en la primera parte de este artículo, las llamé el mercadona de los títulos universitarios; no hizo mucha gracia entre algunos de los asistentes que ya estaban embarcados en ello).

Ser profesor exige mostrar seguridad, no tanto en los conocimientos que uno tiene -que de todas formas sería deseable- sino en lo que puede uno hacer para conseguirlos. Uno no tiene por qué conocer todas las respuestas a las preguntas que le hagan, pero sí debería proponer a sus alumnos las formas en que intentaría responder a sus preguntas. Y que con el ejemplo que el profesor les da sobre cómo enfrentarse a algo que no conoce o no recuerda o no se ha planteado, ellos puedan aprender que eso se puede hacer así. No transmite más seguridad el profesor que habla con voz alta, clara y que no duda en contestar a cualquier pregunta -a veces inventando si hace falta antes que confesar la ignorancia-. No es malo reconocer en el aula que uno no sabe eso que le preguntan, lo malo sería reconocer que no sabe uno cómo intentar encontrar la respuesta.

Pero no es sólo enseñar procedimientos, es enseñar a criticar, a no ser acomodaticios, a que el conocimiento, el saber, es ante todo un reto intelectual que exige dedicación, esfuerzo, sacrificio y preparación. Y que la ciencia avanza porque hay hombres que se imponen ese reto.

Ser profesor es querer crecer continuamente en sabiduría y comprender que uno no puede hacer eso solo, que necesita a sus alumnos lo mismo que ellos lo necesitan a uno. Y admitir que entre sus alumnos es muy probable que haya quienes sean más inteligentes que uno mismo (no hay que confundir la inteligencia con la formación), y que eso no le incomode sino que lo aliente a contribuir en la preparación de nuevas generaciones que nos superarán a todos, y ante las que nos tenemos que comprometer para que así sea.

Abril 4, 2008

La universidad y el profesor (I)

Guardado en: personal, sociedad, universidad — salvaguirado @ 10:01 am

Hace ya unos cuantos meses participé en una mesa redonda sobre políticas de incentivación del profesorado universitario dentro de uno de los cursos de verano de El Escorial, organizado en este caso por la Universidad Complutense. Aunque insistentemente me pidieron que pusiera por escrito mi presentación para publicarla junto con las demás ponencias -y a pesar de que la tenía escrita de mi puño y letra; me había negado a mí mismo el uso del “powerpoint”-, nunca lo llegué a hacer por varias razones que ahora no vienen al caso.

En la primera parte de mi intervención reflexionaba en voz alta sobre qué clases de profesores universitarios hay (porque si se quiere incentivar algo habrá que saber qué es lo que se quiere incentivar, digo yo). Así que empecé con estas profundas palabras: Profesores universitarios hay de tres clases, buenos, malos y regulares. Y de ahí no me bajé en toda la charla y el posterior debate. Ya sé que la clasificación parece simplista -vale, no parece, es simplista-, pero tendréis que reconocer que todo el mundo la entiende y que es fácil de usar.

Lo difícil es definir qué es un buen profesor, porque los malos los sabemos reconocer casi todos y los regulares son los que quedan entre los buenos y los malos, la mayoría vamos. Yo siempre he dicho que de mayor quiero ser un buen profesor, y en ello estoy, haciéndome mayor :-) .

Según a quien se le pregunte la respuesta va a ser distinta. Un buen profesor puede ser el que explica claro, no molesta mucho y aprueba bastante, o el que asombra con sus conocimientos sobre la materia que imparte (y sobre las que no imparte también), o el que es capaz de sintonizar con sus alumnos y es gracioso en clase, o el que repite y repite con paciencia los conceptos hasta que la mayoría de sus alumnos ponga cara de haberlos comprendido, o el que sea capaz de equilibrar lo que da con lo que exige, y así podríamos seguir mucho más tiempo porque no hay respuestas claras ni únicas a la pregunta.

Evidentemente hay cualidades que algunas personas tienen de por sí y otras tienen que aprender a trabajar y que ayudan a conseguir ser un buen profesor. Una de ellas es la capacidad de comunicarse con los demás, no de comunicar sino de comunicarse: comunicar es lo que hacen los presentadores de telediarios, eso no sirve.

Pero antes de seguir tengo que dejar claro cuáles son mis puntos de referencias, mis orígenes de coordenadas (lo de mis principios lo dejaremos para otra ocasión), la base sobre la que yo quiero llegar a ser buen profesor; después veremos también cuáles son las dificultades que se encuentra uno para conseguirlo. Para empezar, siempre me acuerdo de alguna frase de Paulo Freire, algunas de ellas las podéis encontrar en el enlace que he puesto en su nombre. Comparto con él lo esencial de su pensamiento, y quien crea que sus ideas sobre la pedagogía se reducen a los primeros pasos de la educación, la alfabetización sobre todo, y que no tienen cabida en un entorno universitario es que no lo conocen adecuadamente. El le da importancia fundamental al pensamiento crítico y a la pedagogía de la pregunta. Y esas son las bases de mi concepción de la enseñanza. Yo no pretendo transmitir conocimiento, no quiero ser un profesor que explica muy bien, ordenadito, que consigue que sus alumnos cojan muy buenos apuntes, o que dicta literalmente los apuntes (que creo que todavía hay muchos que lo hacen), un profesor que como he escuchado en alguna oposición sea el que entregue el testigo del saber a sus alumnos: yo aprendo esto y te lo transmito a ti (mira qué suerte).

Quiero ser un profesor que aprenda enseñando. Que las preguntas de mis alumnos sean las que me hagan crecer como profesor porque me tenga que enfrentar a ellas, a veces sin paracaidas. Que haga el camino con ellos. Sí, les puedo servir de guía, de acompañante en su aprendizaje, pero son ellos los que tienen que aprender, y yo aprender de ellos. Quiero ser un profesor que enseñe que hay que ser crítico con el saber, porque si no hay crítica no hay posibilidad de crecer en sabiduría, solo aceptación de lo que otros han establecido, que estará bien o no pero que tiene que ser sometido necesariamente a la crítica para que sea útil. Y si es posible, que no siempre lo es, construir un discurso coherente sobre la base de las preguntas que hagan los alumnos. Yo siempre les animo a preguntar, y les digo absolutamente convencido que no hay preguntas tontas, que las preguntas aparentemente tontas son las más difíciles de responder (¿por qué caerá una manzana del árbol siempre hacia abajo? ¿por qué casi siempre los núcleos de las células son redondos?), y por eso siempre empiezo mis clases desde hace muchos años de esa manera que ha recordado una alumna en un comentario a un artículo anterior: ¿alguna duda, alguna pregunta o comentario? Cuando alguien interviene en ese momento, sé que puedo empezar a procurar ser un buen profesor.

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