La guitarra más querida de cuantas me acompañan cumple años. Treinta nada menos. Y creo que se merece este reconocimiento.
Siete años antes de su construcción mis padres quisieron regalarme una guitarra por las buenas notas del curso ya que sabían que me había quedado maravillado escuchando a un compañero del instituto que tocaba muy bien la guitarra. El nos habló de un constructor de guitarras que, además de hacer sus propios instrumentos, apañaba (me gusta esta palabra tan de mi tierra) guitarras fabricadas en serie y las vendía a un precio razonable. Así conocí el taller de Ramón Marín en el que ya estaba ayudándole su hijo José Luis. En aquel entonces el taller estaba en la calle Cruz Verde pero al poco tiempo su hijo se hizo cargo del negocio y se trasladó a calle Lagunillas. A mí me pillaba muy a trasmano pero siempre me pasaba por el taller para comprar cuerdas y echar un rato de charla con José Luis. Mi afición no paraba de crecer y estaba decidido a que José Luis me hiciera una guitarra. Una guitarra de artesanía siempre ha sido cara, no puede ser de otra forma porque se combinan maderas nobles, muchísimo tiempo de trabajo y las manos de un artesano (aquí le decimos guitarrero, nunca lutier), y yo no pude reunir dinero suficiente para encargar la guitarra hasta el año 1979.
Y llegamos a un acuerdo, sé que él me hizo un precio especial porque se había encariñado de mí. Me decía “el maestro” por más que yo le explicaba que era becario en la universidad y que estaba haciendo la tesis. No importaba, yo seguí siendo el maestro muchos años más.
Seis meses duró la construcción. Las maderas tienen que coger forma, no se puede hacer una guitarra en poco tiempo, y después hay que ir montando las piezas: fondo, laterales, tapa, mástil, trastes, puente… y cuando todo está terminado lijar y lijar y barnizar y volver a lijar y volver a barnizar, así hasta siete veces creo recordar. Esos seis meses del año 1979 visité casi a diario el taller de José Luis Marín (Pepe el guitarrero), vi crecer esta guitarra y conocí a muchísima gente que pasaba por allí. Toqué con algunos de ellos, yo en ese momento no tenía ninguna clase de estudios musicales pero ya componía algunas cosillas y allí en su pequeño taller José Luis me las hacía tocar delante de maestros de la guitarra flamenca como Manolo Cómitre que lo visitaba de vez en cuando.
Las guitarras de Ramón Marín (yo tuve una en casa prestada durante casi un año) sonaban muy flamencas, su hijo aprendió también a construir guitarras para concierto, más clásicas, de palosanto y con la caja de resonancia más ancha, o intermedias como la que yo le encargué, con la caja de palosanto pero la tapa de pino. Tiene unos agudos muy dulces que llaman mucho la atención de los que entienden. Y el mástil es un poco plano como a mí me gusta, no tan de media caña como era lo normal en aquellos tiempos.
Hace ya años que las guitarras de José Luis Marín son cotizadísimas y especialmente los japoneses se las rifan, él mismo me dijo la última vez que lo visité en su taller que en cuanto quisiera podía ganar mucho dinero con la mía. Pues a mí me acompaña la número 133 desde hace treinta años y no veo por delante más futuro que sigamos juntos hasta que pase a acompañar a uno de mis hijos.
Archivo de Autores para Salva
La guitarra cumple años
Arcos
Antes del rubor
La guitarra y yo (5)
En esta quinta entrega de la serie os traigo un tema en el que hay dos guitarras acústicas, las dos tocadas por mí (esas cosas de la tecnología, jeje), en una composición típica en la que una lleva el ritmo y la otra canta la melodía. Espero que os guste.
La parra se ruboriza

Cuentan que cuando Adán y Eva fueron castigados con la expulsión del paraíso notaron su desnudez por primera vez y por primera vez sintieron vergüenza de ella y cubrieron su sexo con hojas de parra. Pienso que quizá por ello, desde entonces, la parra se ruboriza y enrojece cada otoño antes de que sus hojas caigan del todo y quede ella misma desnuda.
El error no fue comer la fruta del árbol prohibido, el error fue sentir rubor de nuestra propia desnudez.
Me falta Caín
La guitarra y yo (4)
Os dejo un tema para dos guitarras. Aquí tocamos Johnny y yo: un día que llevábamos tocando y grabando un buen rato en casa de pronto, sin decirnos nada y sin casi mirarnos, él empezó este tema y yo le seguí. El entendimiento fue total. Es una improvisación con una sola toma, irrepetible por tanto. Ni falta que hace, aquel momento es el que cuenta. Lo titulé Solos tú y yo, porque estábamos solos los dos.
P.S.
Aquí os dejo el enlace directo hacia el archivo mp3 por si lo queréis usar.
http://ia311335.us.archive.org/0/items/SolosTuYYo/02-Pista2.mp3
A la puerta de la casa

En las ciudades ya nadie se sienta a la puerta de la casa. Allí se podía descansar, tomar el sol, ver pasar la vida, hablar con los vecinos, o incluso ver pasar el cadáver de tu enemigo (enseñanza que nos dejaron los árabes con su dicho: siéntate a la puerta de tu casa y verás pasar el cadáver de tu enemigo)… todo ello muy contemplativo.
La puerta de la casa era un espacio vital de primer orden. Ahora casi todo lo hacemos de puertas para dentro. No sé si hemos mejorado con ello.






