Salvador Guirado, perdonen que no les dé la mano

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Las cosas en su sitio

Mayo 25, 2008 · No hay comentarios

Son tantas las cosas de las que me gustaría hablar que casi no me decido por una en particular. Lo más cercano en el tiempo -y lo más doloroso- ha sido la derrota del Unicaja ante el Tau, por enésima vez. Esto se está convirtiendo en algo difícil de superar, ya van no-sé-cuántas-seguidas-ni-quiero-saberlo y lo de hoy no tiene mucha explicación, nos han dejado fuera de la final de la liga. Hay que reconocer que juegan muy bien y que tienen unos jugadores desestabilizantes porque no fallan en los momentos calientes de los partidos. Otra vez será, ahora les tocará a los responsables del club hacer balance, reflexionar y tomar medidas para la siguiente temporada. O sea, como la vida misma: hacemos balance, reflexionamos y actuamos, o así debería ser; son tantas las veces en que nos saltamos alguno de los pasos (sí, incluso el de actuar, éste más a menudo de lo que parece) o que cambiamos el orden en que los hacemos que así nos va en tantas ocasiones. En definitiva, al Unicaja lo han puesto en su sitio.

Después, ayer leí una noticia sobre un libro que ha escrito Rouco Varela, en el que dice que leyes como la que permite el matrimonio homosexual “expresan la rebeldía del hombre contra sus límites biológicos”. Por decirlo fino, ¡manda huevos! Yo no sé qué formación como biólogo tiene este hombre, pero si es por este tipo de declaraciones debe tener bien poca y sí mucho desparpajo para hablar de lo que no se sabe y mezclar churras con merinas en un discurso pretendidamente lúcido, lleno de palabrería que no se sostiene mínimamente. Yo, además de ateo, ante este tipo de manipulaciones me siento anticlerical. Basta ya de manipulaciones: en otro punto del libro resalta que la falta de vocaciones se puede explicar por la crisis de la familia. Como tengo por seguro que este señor no es tonto, que es leído y que estará medianamente preparado, no puedo verlo nada más que como un manipulador de las necesidades espirituales que tengan los que profesan su fe y como alguien que quiere hacer política vestido de cardenal. A este señor habría que ponerlo en su sitio.

Y por último, ayer no vi el festival o como se llame de Eurovisión. Hace muchos años que no lo hago y no iba a hacer una excepción porque éste nos haya representado un actor haciendo una payasada. Puede que no fuera la payasada más mala de la noche y probablemente muchos lo hayan pasado bien con el festival. Yo le tengo mucho respeto a los actores porque hacen su trabajo para que otros lo pasemos bien. Después hay actores buenos, regulares y malos (ya sabéis que ésta es mi clasificación para casi cualquier cosa). De éste no puedo hablar porque nunca lo he visto, no he oído más que tres o cuatro compases de la canción, los que ponen en los anuncios y que no hay manera de salvarse de ellos, así que procuraré no juzgar lo que no conozco, aunque de antemano ya presumo que el nivel musical no sería muy alto. Ni falta que hace por lo que parece. En sus principios, el festival quizás tuviera un sentido, lo mismo que hacemos competiciones deportivas entre selecciones de los distintos países por qué no hacer una competición de naturaleza cultural como podría ser la composición e interpretación de una canción. No es que sea una idea brillante pero puede pasar: si vamos a ver (yo veré poco pero algo veré) a las selecciones de fútbol jugándose la eurocopa por qué no ver a los cantantes seleccionados representando a su país. Vale, eso sería la idea original pero ha ido poco a poco degradándose hacia un subproducto televisivo y manipulado que me motiva todavía menos que el fútbol, que ya es decir. Me parece que el resultado nos ha puesto, una vez más, en nuestro sitio.

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El miedo, siempre el miedo

Mayo 19, 2008 · No hay comentarios

Hay cosas en la sociedad que son difíciles de encarar pero me temo que mirar para otro lado no nos va a servir de mucho. Los problemas sociales no se solucionan solos -los personales tampoco, pero en estos podemos dejar correr el tiempo que algo cura- y lo que sí puede pasar es que por no acudir a tiempo la solución sea mucho más difícil y traumática. Estos días estamos pendientes de algunas controvertidas medidas del gobierno italiano con respecto a los inmigrantes en aquel país, lo que se ha traducido en algunas ciudades como Nápoles en una verdadera persecución hacia los gitanos (en este caso mayoritariamente de origen rumano) que viven en la zona.

La xenofobia es algo de lo que a menudo no gusta hablar porque a poco que nos descuidemos sale a relucir lo peor de nosotros mismos. Se nos llena la boca de decir que todos los hombres somos iguales pero a la hora de la verdad hay sentimientos ocultos que nos hacen sentir mejores que los demás. Quizás es que hemos confundido algo los conceptos. Lo que voy a decir puede sonar raro pero trataré de explicarme. Yo no creo que todos seamos iguales. Así dicho parece una barbaridad pero si leéis lo que pienso sobre el ser humano puede que se comprenda mejor. Cada persona es lo que es, conjunto de su yo y su circunstancia -me gusta mucho ese aforismo de Ortega-, y como parte del yo está el cuerpo y la mente, y como parte de la circunstancia están la cultura y las relaciones con los otros seres humanos y con el medio en el que vivimos. Así que cada uno es distinto al otro. Ninguna persona es igual a otra.

Lo que ocurre es que normalmente los condicionamientos culturales y las relaciones con el medio nos hacen que nos parezcamos más entre los que compartimos cultura y vecindad. También hay un componente genético que hace que tiendan a parecerse más los que están más relacionados genéticamente, el caso más claro lo tenemos con los gemelos pero es lo mismo que les pasa a los grupos sociales menos propensos a mezclarse con otros (condicionamiento cultural) o incluso a los miembros de las casas reales de la antigüedad (aquellos reyes pintados por Goya, qué caras…).

Pero una cosa es que no todos seamos iguales y otra es que no todos tengamos los mismos derechos. Ahí es donde hay que insistir e insistir hasta que cale hondo en nuestra sociedad. No puede ser que los que ostentamos unos derechos se los neguemos a otros. La forma en que yo me he educado puede colisionar frontalmente con las formas en que se han educado otros, y puede que haya cosas que nos repelan mutuamente. Solo hay que pensar en las cosas que comemos que para unos son de lo más normal y para otros producen náuseas, y no voy a poner ejemplos.

Como los seres humanos somos gregarios por naturaleza tendemos a reconocer a los miembros de nuestra tribu (y empleo la palabra tribu en sentido muy amplio) y por lo tanto también reconocemos a los que no lo son (visualmente es a veces relativamente fácil distinguir a grupos de seres humanos que históricamente han formado parte de las mismas tribus). Y además de gregarios tenemos consciencia de nuestros miedos. Los animales sienten miedo, el miedo entendido como una respuesta aprendida ante un estímulo potencialmente peligroso. Visto así es algo natural. Los animales evitan de esta manera las situaciones de peligro, y los circuitos cerebrales responsables de esas respuestas son conocidos y objeto de intenso estudio.

Sin embargo, el ser humano es capaz de sentir miedo ante representaciones abstractas o simbólicas de situaciones potencialmente peligrosas. Y en esto entra también la cultura. Sentir miedo no es bueno ni malo, es una reacción natural. Las respuestas que somos capaces de producir como consecuencia de ese miedo sí pueden ser éticamente reprobables. Si, por ejemplo, una persona de piel blanca entra en un barrio en que todos los que le rodean son de piel negra, es lógico que sienta miedo -se ve distinta y en minoría, los simios somos así-, pero ello no le legitima para atacar al primero que se le acerque. Esto parece claro, y sin embargo el miedo nos lleva a menudo a respuestas muy violentas y que de ninguna manera debemos exculpar.

Y después están los que gestionan el miedo con intenciones políticas. Detrás de ello siempre están las personas que se sienten superiores a las demás y que se valen del caldo de cultivo que son los problemas reales de la sociedad -y que muchas veces ellos y otros como ellos han contribuido a que existan: pobreza, marginación, falta de libertades…-, para hacer el discurso de la represión en aras de la seguridad. Siempre que se relaciona inmigración con falta de seguridad estamos ante una gestión del miedo de este tipo. Digámoslo alto, no por ser inmigrante, gitano, rumano, árabe, negro, o lo que sea se es potencialmente peligroso y por tanto hay que guardarse de ellos o perseguirlos. Ya está bien de que manejen nuestros miedos. No miremos para otro lado y nos dejemos convencer de que lo hacen por nuestro bien. Lo hacen porque ven peligrar un statu quo de dominación que les viene muy bien.

Y esta gestión del miedo no es patrimonio de la ultraderecha (que en el caso de Italia se ve reflejada en el gobierno de Berlusconi por los integrantes de la Liga Norte), sino que es lo mismo que hace cualquier grupo terrorista de los que pululan por el mundo. Las explicaciones intelectuales -por llamarlo de alguna manera- que dan a sus acciones pueden estar disfrazadas de discursos que pueden parecer razonables, que si la opresión del pueblo tal, que si la lucha de religiones, en fin ya lo sabemos, pero de lo que se trata es de que unos individuos se creen superiores a otros y gestionan el miedo -el terror- de todos nosotros para conseguir sentirse superiores. Fascismos y terrorismos van de la mano, manejan nuestros miedos.

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Mayo del 68

Mayo 5, 2008 · 2 comentarios

Pues sí, hace cuarenta años del famoso mayo del 68. Motivo hay para hacer alguna reflexión. Durante ese mes hubo una serie de revueltas en París protagonizadas en un principio por estudiantes a los que pronto se unieron trabajadores en huelga, y que fueron reprimidas duramente por la policía causando violentos enfrentamientos de los que todo el mundo tuvo noticias. Sin duda se trata de uno de los acontecimientos que se recordarán del siglo XX ya que las consecuencias políticas a largo plazo fueron importantes, sobre todo en lo que respecta a los partidos de izquierda.

Antes, cuando quería impresionar a según qué auditorio, solía contar que yo estuve en el mayo del 68 en París. Es verdad, una pequeña casualidad hizo que fuera así. Viajaba junto con mi abuelo camino de Inglaterra para estar ese verano en casa de mi tia, la hija de mi abuelo que se había casado con un inglés. Faltaba un mes para que cumpliera doce años y nunca había salido de España -en aquella época de todas formas no era muy fácil salir; para que te concedieran el pasaporte había que pasar mil trámites entre los que destacaban informes de no tener antecedentes penales, de buena conducta de la policía, y hasta del cura diciendo que eras buena persona-. Viajábamos en tren y tuvimos que hacer noche en la estación de París, en espera de coger un tren que salía por la mañana temprano hacia Calais. Había poca gente en la estación, y cuando cerraron el metro ya quedamos menos, sólo los que nos teníamos que buscar la vida para intentar dormir en sillas metálicas que era lo que había por allí.

Así que con tan poca gente y menos movimiento de trenes se oían bastante bien los ruidos que venían de fuera de la estación y que eran causados por los enfrentamientos entre manifestantes y policia. Yo no me podía quedar quieto y recuerdo la cara de preocupación de mi abuelo, al que supongo que no le haría mucha gracia verse cerca de esos enfrentamientos solo con su nieto y sin saber ni una palabra de francés. Bueno, ni de inglés; no sé cómo pudimos terminar aquel viaje. El hecho es que en la estación no entraron, pero en cuanto amaneció me asomé a la calle y vi que habían prendido fuego a un quiosco justo al lado de la puerta de la estación.

Como es natural en ese momento fui poco consciente de la trascendencia de aquel mayo del 68, que terminó de manera casi tan abrupta como empezó, pero algo especial había ocurrido durante las movilizaciones. Primero era de destacar que aquello no fue el fruto de una estrategia de partidos bien diseñada. Los partidos de izquierda, especialmente el comunista, tenían buen control de los sindicatos y de la clase obrera, y siempre se hablaba de la huelga general como algo que pudiera conmover los cimientos de la sociedad. En su lugar unos grupos de estudiantes movidos por algunos elementos de tendencias anarquistas (allí se hizo famoso Dani el Rojo) fueron los que empezaron todo. Como detonante de las movilizaciones se mezclaban cosas como el descontento por lo incierto del futuro laboral para los estudiantes que acababan sus estudios, el rechazo a la guerra del Vietnam, la libertad sexual, y cosas así.

Y se inició, o al menos a mí me lo parece desde la perspectiva de hoy, una nueva forma de hacer política que no estaba bajo el control estricto de los partidos, el movimiento asambleario. Muchas de las decisiones del día a día de las movilizaciones se tomaban en asambleas donde todo el mundo opinaba y de las que algunos podían saber qué es lo que pretendían conseguir pero pocos podían prever en qué iba a acabar. De todas formas aquello, con esos tintes anarquistas que ya he mencionado, caló hondo y a algunos les sirvió para replantearse que las políticas de los partidos comunistas dirigidas desde Moscú no eran una buena solución para los problemas a los que se enfrentaban en sus paises respectivos. No sé si el eurocomunismo de Carrillo, Berlinguer y Marchais -por citar a los secretarios generales de los partidos comunistas de España, Italia y Francia que fueron los creadores de tal tendencia-, tuvo un impulso especial para su gestación en el mayo del 68 pero igual no es muy descaminado decir que sí.

Años más tarde, ya en la universidad, el movimiento asambleario no había acabado ni mucho menos. Los estudiantes españoles que entramos en la universidad cinco o seis años después del mayo del 68 todavía nos encontramos que la política se vivía intensamente en las aulas. Las asambleas y las huelgas eran continuas, como lo eran los encierros de estudiantes como medida de protesta con los consiguientes desalojos por parte de la policía. Recuerdo especialmente un encierro en el colegio de San Agustín -en aquella época se daban allí clases de Filosofía y Letras y yo tenía muchos amigos que eran de letras-, en el que iban a visitarnos políticos y personas comprometidas (Aranguren por ejemplo). La sensación que se tiene en esas situaciones de que la energía que se acumula entre todos es capaz de mover los cimientos del mundo es impresionante. Nunca he vuelto a vivir cosa igual.

Y todo empezó en mayo del 68.

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Nevermore

Abril 23, 2008 · 2 comentarios

Un comentario de Arias a un artículo anterior me hizo recordar la palabra nevermore, es la que una y otra vez repite el cuervo del poema de Poe -no es que Poe no escribiera más poesía, pero desde luego este poema es el más conocido-. Voy a confesar algo, aun a riesgo de parecer pedante (y comprendo que cualquiera pudiera pensarlo de mí, yo lo haría de otro): había leído el poema de Poe en su versión original, en inglés, y nunca llegué a leerlo en español. Me parecía bastante difícil de traducir, y en todo caso pensaba que al traducirlo se perdería todo el sentido del ritmo que Poe había procurado darle. Así que cuando vi lo que había escrito mi comentarista más asidua, Dijo el cuervo…”nunca jamás”, me acordé del Quoth the raven, “Nevermore.” de Poe y pensé que yo habría traducido nevermore por nunca más en vez de nunca jamás. Cualquiera de las dos traducciones es correcta pero no me imagino a un cuervo diciendo nunca jamás -para hacerse una idea puede uno intentar imaginarse a un loro, que será más sencillo, decir una cosa o la otra-.

Y como los pensamientos vuelan con rapidez, inmediatamente pensé que ‘nunca más‘ tiene para nosotros unas connotaciones especiales. Para empezar fue el nombre con el que se conoció al informe Sábato que nació de la comisión presidida por el escritor Ernesto Sabato para esclarecer las infamias que se habían producido en Argentina durante la dictadura militar. En él se detallaban los secuestros, las torturas y desapariciones que se habían cometido bajo el amparo del régimen militar que presidió ese país entre 1976 y 1983. Todavía recuerdo la cara de Sabato leyendo el informe, no se me olvida. Es difícil aceptar que los humanos seamos capaces de cometer tantas infamias, pero es así, no son patrimonio de ninguna época ni de ningún país sino que nos tienen que hacer pensar sobre la naturaleza humana, y no es muy halagüeño lo que vemos como colectivo -siguen y seguirán las guerras y la infamia, aunque yo desde luego no creo que haya que tener una actitud pasiva ante los hechos-.

También me recordó que los españoles hemos tenido recientemente otro nunca más en versión gallego, el nunca máis, el movimiento solidario de unos ciudadanos para recordar la enorme tragedia ecológica producida en las costas gallegas -pero no sólo en ellas- por el hundimiento del Prestige. Esa tragedia que debe ser recordada con la esperanza de que no se vuelvan a repetir las condiciones que se dieron en la catástrofe, tanto las del propio buque como de la gestión que se hizo por parte de las autoridades que participaron -nunca mejor dicho- en la tragedia.

Así que tenemos dos tipos de nunca más. En el poema Poe presenta a un hombre que se duele por la pérdida de su amada Leonor, y que intenta buscar noticias suyas a través de lo que él cree que es un espíritu o demonio que se le presenta en la forma de un cuervo que ante sus preguntas va diciendo una y otra vez, nunca más. Hasta que el hombre se da cuenta de lo irremediable de la pérdida. No va a volver a ver a Leonor nunca más. No hay solución ni vuelta atrás. La pérdida es irremediable e irrevocable, más vale que su espíritu se enfrente a ello y lo acepte.

Y por otra parte está el nunca más de los casos como los del informe Sábato o del Prestige. Son un grito de rabia pero también de determinación de que tragedias humanas o ecológicas no vuelvan a repetirse. Son la expresión de un deseo de que no se olviden los hechos para que tomemos conciencia de que no podemos permitir que sucedan de nuevo.Y he puesto solo dos ejemplos pero podría haber escrito muchos más de parecidas características. Cada uno puede recordar los que más le hayan impactado.

Lo irremediable de la muerte frente a lo remediable de la actuación humana. El cuervo nos dirá nunca más para que nos hagamos a la idea de que la muerte no tiene remedio, y nosotros tenemos que aprender a decirnos nunca más para no repetir los errores que cometemos en nuestra vida. Nevermore.

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El deportista y el aficionado

Abril 19, 2008 · 6 comentarios

Tengo con el deporte estas dos clases de relaciones, lo practico y además soy aficionado a verlo. Pero practico un deporte y soy aficionado a otro, no sé si es paradójico pero es así. Me gusta ver baloncesto, desde hace mucho tiempo, desde los tiempos en que jugaban Emiliano, Sevillano, Buscató, Luyk, Brabender y compañía; después vinieron más, muchos más y muy buenos pero aquellos fueron los que prendieron la llama de la afición a ese deporte. Por aquel entonces veíamos baloncesto en la tele cuando lo ponían en la única cadena que había. Ahora no lo ponen mucho más porque ya sabemos qué deporte domina la programación deportiva, pero por lo menos podemos ver algún partido a la semana. Yo veía baloncesto porque me gustaba pero no entendía casi nada de técnicas o estrategias. Tuve que esperar a que Ramón Trecet con su programa Cerca de las Estrellas nos enseñara a ver baloncesto y nos descubriera el baloncesto NBA (a Ramón Trecet hay que admirarlo por su faceta de periodista deportivo y aún más si cabe por su programa de música Diálogos 3; allí en Radio 3 también nos enseño a escuchar música diferente, con él descubrí el new age o la música étnica, Arto Tunçboyaciyan y su Armenian Navy Band sin ir más lejos).

Y desde hace años soy seguidor del Unicaja de baloncesto, seguidor primero y abonado años más tarde, cuando pude. Vamos en familia al Martín Carpena a ver al Unicaja. Y tenemos a nuestro alrededor a un grupo de amigos con los que compartimos las alegrías y las penas de los partidos. Esta temporada han sido más las penas, qué le vamos a hacer. En este artículo no voy a dar mi opinión sobre lo que pasa porque no me gusta mucho lo que leo en la prensa y en algunos blogs que visito sobre el particular. Y dentro de poco más de dos horas tenemos partido contra el Barcelona, así que a ponerse delante de la tele -lo dan por la 2-, y a sufrir un poquito con algunas de las cosas que digan los comentaristas de turno (a excepción de Joan “Chichi” Creus que no sólo sabe sino que es un señor; de todas formas podía ser peor: podía ser retransmitido por Canal Sur y entonces habría que rajarse las venas para no escuchar).

Casi todos nos comportamos de una forma algo diferente cuando estamos en medio de una concentración grande de personas. Y esto es lo que pasa en una cancha de baloncesto. Yo me comporto con algo más de entusiasmo que de ordinario, quiero decir que me puedo convertir en un exaltado -pacífico, pero exaltado- en cuanto veo un arbitraje malo, o sea todos los días, porque buenos los hay pocas veces. La injusticia del mal arbitraje me mata. El mal juego del equipo me desilusiona pero siempre espero que la calidad de jugadores y entrenador salgan a relucir y la cosa no termine mal. Y cuando el equipo juega bien, ay amigo, entonces es difícil controlar la emoción que produce en nosotros; no digo ya las veces que se ha ganado algún título.

Todas estas cosas son muy normales, pero como animales sociales que somos hay que vivirlas en directo para comprender hasta qué punto los espectáculos deportivos emocinan al público -el circo de los romanos, para entendernos-. Siempre me ha parecido adecuado el baloncesto como espectáculo para que mis hijos asistieran a él, y salvo rarísimas excepciones no me arrepiento de llevarlos a la cancha: aprenden también muchas cosas allí.

Sin embargo, creo que he jugado poquísimas veces al baloncesto, y las pocas en mi niñez. Desde pequeño me gustó jugar más a los deportes de raqueta (entre otras cosas porque era muy malo jugando al fútbol, y no me quedaba otro remedio que buscar alternativas). He practicado muchas modalidades, tenis, frontón, tenis de mesa, squash, y ahora pádel. Pero lo importante aquí no son las emociones que produce el deporte como espectáculo, sino las emociones que produce el juego, que es distinto. Uno puede practicar deporte por distintas razones, por cuidar la salud, por costumbre, por modas, pero lo que más me gusta a mí es el sentido del juego, eso que los primates no podemos remediar. Me gusta jugar, y en el juego se conoce bastante bien a las personas. Cuando llevas tiempo jugando con las mismas personas aprendes a conocerlas. Sabes quién quiere aprender, quién quiere echar el rato, quién no soporta perder, quién tiene aguante, quién sabe pedir perdón, quién sabe ganar, quién se viene abajo a la más mínima…

He vivido todas esas situaciones, en una medida u otra ves alguna de estas cosas en ti mismo y en los que juegan contigo. Así que también es una buena escuela de la vida, porque en la vida hay que jugar, y hay que saber qué es lo importante del juego, qué es lo que sacamos en limpio de todo. Y hay que saber perder porque no siempre se puede ganar, y hay que saber ganar y comportarse entonces con humildad porque mañana vamos a perder. Y sobre todo, que el juego se acaba, y después nos vamos a tomarnos una cerveza con los colegas (que es para lo que juegan muchos) y ahí se acaba casi siempre la mala uva del que haya perdido. Y escribo esto en fin de semana para que ninguno de mis colegas de pádel vaya a leerlo porque estén en sus ocupaciones familiares, y así me evito algún comentario que ya me imagino. Total, yo no pierdo nunca :-)

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La universidad y el profesor (II)

Abril 8, 2008 · 2 comentarios

Lo que pienso sobre el proceso enseñanza/aprendizaje se puede resumir en una palabra: compromiso. Desde hace unos pocos años, el primer día de clase les digo a mis alumnos que si ellos quieren aprender Biología Celular (la materia que imparto) yo me comprometo a enseñarles, o sea a ayudarles a aprender a pensar como lo hace un biólogo celular. De eso se trata, ni más ni menos; si los alumnos no quieren aprender no hay nada que hacer, uno puede cargarse de razones y exigirles que al final del curso demuestren saber una serie de cosas que se han estudiado en los apuntes o los libros, y al que no lo logre lo suspende. Pero no nos equivoquemos, no estamos hablando de aprobar o suspender a muchos o pocos, ni de porcentajes de éxito (esos que ahora nos quieren proponer como indicios de calidad), no, estamos hablando de enseñar.

Ser profesor no es por tanto una labor que uno haga independientemente de los alumnos que tenga delante. Es algo que tiene que hacerse con los alumnos que quieran aprender. Por eso no concibo que un profesor universitario (hablo de lo que conozco, no intento generalizar para otros niveles de enseñanza) repita años tras año los mismos conceptos en clase, o intente conseguir los mismos objetivos sin tener en cuenta a los alumnos que en ese momento tiene.

Ser profesor por tanto exige una presencia física en el aula: sean las clases magistrales o no, sean teóricas o prácticas, si no estoy en presencia de los alumnos no puedo evaluar cómo va ocurriendo el proceso. Por eso tampoco concibo la enseñanza puramente virtual. Sé que está muy de moda y que parte del futuro pasará por ahí, pero a mí no me llama la atención lo más mínimo -sólo he participado durante un curso académico como profesor en un máster virtual, y una vez vivido no lo he vuelto a repetir-. Para las universidades parece ser que tiene muchas ventajas lo de los títulos impartidos mediante docencia virtual (o a distancia, que es más o menos lo mismo), pero es que yo creo que las universidades se pueden acabar convirtiendo en una especie de supermercados de títulos (en la mesa redonda a la que hice alusión en la primera parte de este artículo, las llamé el mercadona de los títulos universitarios; no hizo mucha gracia entre algunos de los asistentes que ya estaban embarcados en ello).

Ser profesor exige mostrar seguridad, no tanto en los conocimientos que uno tiene -que de todas formas sería deseable- sino en lo que puede uno hacer para conseguirlos. Uno no tiene por qué conocer todas las respuestas a las preguntas que le hagan, pero sí debería proponer a sus alumnos las formas en que intentaría responder a sus preguntas. Y que con el ejemplo que el profesor les da sobre cómo enfrentarse a algo que no conoce o no recuerda o no se ha planteado, ellos puedan aprender que eso se puede hacer así. No transmite más seguridad el profesor que habla con voz alta, clara y que no duda en contestar a cualquier pregunta -a veces inventando si hace falta antes que confesar la ignorancia-. No es malo reconocer en el aula que uno no sabe eso que le preguntan, lo malo sería reconocer que no sabe uno cómo intentar encontrar la respuesta.

Pero no es sólo enseñar procedimientos, es enseñar a criticar, a no ser acomodaticios, a que el conocimiento, el saber, es ante todo un reto intelectual que exige dedicación, esfuerzo, sacrificio y preparación. Y que la ciencia avanza porque hay hombres que se imponen ese reto.

Ser profesor es querer crecer continuamente en sabiduría y comprender que uno no puede hacer eso solo, que necesita a sus alumnos lo mismo que ellos lo necesitan a uno. Y admitir que entre sus alumnos es muy probable que haya quienes sean más inteligentes que uno mismo (no hay que confundir la inteligencia con la formación), y que eso no le incomode sino que lo aliente a contribuir en la preparación de nuevas generaciones que nos superarán a todos, y ante las que nos tenemos que comprometer para que así sea.

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La universidad y el profesor (I)

Abril 4, 2008 · 9 comentarios

Hace ya unos cuantos meses participé en una mesa redonda sobre políticas de incentivación del profesorado universitario dentro de uno de los cursos de verano de El Escorial, organizado en este caso por la Universidad Complutense. Aunque insistentemente me pidieron que pusiera por escrito mi presentación para publicarla junto con las demás ponencias -y a pesar de que la tenía escrita de mi puño y letra; me había negado a mí mismo el uso del “powerpoint”-, nunca lo llegué a hacer por varias razones que ahora no vienen al caso.

En la primera parte de mi intervención reflexionaba en voz alta sobre qué clases de profesores universitarios hay (porque si se quiere incentivar algo habrá que saber qué es lo que se quiere incentivar, digo yo). Así que empecé con estas profundas palabras: Profesores universitarios hay de tres clases, buenos, malos y regulares. Y de ahí no me bajé en toda la charla y el posterior debate. Ya sé que la clasificación parece simplista -vale, no parece, es simplista-, pero tendréis que reconocer que todo el mundo la entiende y que es fácil de usar.

Lo difícil es definir qué es un buen profesor, porque los malos los sabemos reconocer casi todos y los regulares son los que quedan entre los buenos y los malos, la mayoría vamos. Yo siempre he dicho que de mayor quiero ser un buen profesor, y en ello estoy, haciéndome mayor :-) .

Según a quien se le pregunte la respuesta va a ser distinta. Un buen profesor puede ser el que explica claro, no molesta mucho y aprueba bastante, o el que asombra con sus conocimientos sobre la materia que imparte (y sobre las que no imparte también), o el que es capaz de sintonizar con sus alumnos y es gracioso en clase, o el que repite y repite con paciencia los conceptos hasta que la mayoría de sus alumnos ponga cara de haberlos comprendido, o el que sea capaz de equilibrar lo que da con lo que exige, y así podríamos seguir mucho más tiempo porque no hay respuestas claras ni únicas a la pregunta.

Evidentemente hay cualidades que algunas personas tienen de por sí y otras tienen que aprender a trabajar y que ayudan a conseguir ser un buen profesor. Una de ellas es la capacidad de comunicarse con los demás, no de comunicar sino de comunicarse: comunicar es lo que hacen los presentadores de telediarios, eso no sirve.

Pero antes de seguir tengo que dejar claro cuáles son mis puntos de referencias, mis orígenes de coordenadas (lo de mis principios lo dejaremos para otra ocasión), la base sobre la que yo quiero llegar a ser buen profesor; después veremos también cuáles son las dificultades que se encuentra uno para conseguirlo. Para empezar, siempre me acuerdo de alguna frase de Paulo Freire, algunas de ellas las podéis encontrar en el enlace que he puesto en su nombre. Comparto con él lo esencial de su pensamiento, y quien crea que sus ideas sobre la pedagogía se reducen a los primeros pasos de la educación, la alfabetización sobre todo, y que no tienen cabida en un entorno universitario es que no lo conocen adecuadamente. El le da importancia fundamental al pensamiento crítico y a la pedagogía de la pregunta. Y esas son las bases de mi concepción de la enseñanza. Yo no pretendo transmitir conocimiento, no quiero ser un profesor que explica muy bien, ordenadito, que consigue que sus alumnos cojan muy buenos apuntes, o que dicta literalmente los apuntes (que creo que todavía hay muchos que lo hacen), un profesor que como he escuchado en alguna oposición sea el que entregue el testigo del saber a sus alumnos: yo aprendo esto y te lo transmito a ti (mira qué suerte).

Quiero ser un profesor que aprenda enseñando. Que las preguntas de mis alumnos sean las que me hagan crecer como profesor porque me tenga que enfrentar a ellas, a veces sin paracaidas. Que haga el camino con ellos. Sí, les puedo servir de guía, de acompañante en su aprendizaje, pero son ellos los que tienen que aprender, y yo aprender de ellos. Quiero ser un profesor que enseñe que hay que ser crítico con el saber, porque si no hay crítica no hay posibilidad de crecer en sabiduría, solo aceptación de lo que otros han establecido, que estará bien o no pero que tiene que ser sometido necesariamente a la crítica para que sea útil. Y si es posible, que no siempre lo es, construir un discurso coherente sobre la base de las preguntas que hagan los alumnos. Yo siempre les animo a preguntar, y les digo absolutamente convencido que no hay preguntas tontas, que las preguntas aparentemente tontas son las más difíciles de responder (¿por qué caerá una manzana del árbol siempre hacia abajo? ¿por qué casi siempre los núcleos de las células son redondos?), y por eso siempre empiezo mis clases desde hace muchos años de esa manera que ha recordado una alumna en un comentario a un artículo anterior: ¿alguna duda, alguna pregunta o comentario? Cuando alguien interviene en ese momento, sé que puedo empezar a procurar ser un buen profesor.

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La universidad y el biólogo

Marzo 31, 2008 · 7 comentarios

Después de varios meses de blog en los que me he ido presentando, ha llegado la hora de escribir algo sobre mi profesión y sobre el futuro que espero de ella. Lo de la presentación personal hacía falta, uno es persona antes que cualquier cosa y cada uno opina desde su perspectiva, y esta perspectiva -subjetividad- está formada o deformada por múltiples aspectos que han ido haciendo de nosotros lo que somos. Nada es neutro en la vida y mucho menos nuestras opiniones, así que antes de hablar de cosas importantes es mejor dar unas cuantas ideas sobre nuestros puntos de vista generales, nuestra personalidad, nuestras creencias, o nuestras referencias. Siempre es bueno que en una discusión el otro tenga ocasión de ponerse en nuestro lugar y nosotros de ponernos en lugar del otro, pero para eso hay que saber cuál es el lugar de nuestro interlocutor. Cuando estamos hablando cara a cara muchas veces no es necesario esta presentación porque hay una cosa que es la empatía, que nos hace saber inmediatamente si vamos a ser capaces de dialogar o no con el otro; pero esto es internet, aquí no nos vemos, no hay feromonas -no sólo sirven para la atracción sexual, tienen muchas más funciones- ni muchas posibilidades de intuir al otro, por lo que aún me parece más necesario establecer nuestro origen de coordenadas mental. Eso es lo que he intentado hacer en gran parte de mis anteriores apuntes en este blog y espero haberlo conseguido en alguna medida.

Durante muchos años cuando alguien me preguntaba qué era yo -qué profesión tenía se entiende, nadie hace esa pregunta buscando otro tipo de respuesta más filosófica- siempre respondía soy biólogo. Nada más. Me parecía suficiente, aunque en seguida venía la contrarréplica: o sea, que das clases. Y yo entonces explicaba que sí, que era profesor universitario que en definitiva era lo que siempre había querido ser porque se podían compaginar bastante bien dos aspectos tan enriquecedores como son la docencia y la investigación. Más tarde, cuando las reformas legales en la universidad nos dividieron en áreas de conocimiento y un poco en castas (los bioquímicos la más selecta de todas porque ellos lo han querido así :-) pero no son los únicos ni mucho menos, todos pecamos del mismo problema), ya empecé a llamarme biólogo celular -el área de conocimiento en la que soy catedrático-, y más recientemente neurobiólogo, que es a lo que dedico mis investigaciones.

Casi treinta años de experiencia docente (se cumplirán en octubre de este año) han debido de servir para que tenga una idea más o menos general sobre la universidad y sobre cómo ha ido evolucionando (parece adecuado el término) la profesión de biólogo -esto más que una afirmación es la expresión de un deseo-. Puede que la profesión de biólogo haya cambiado pero no así la percepción que en demasiadas ocasiones tiene gran parte de la sociedad. No hace más de un par de semanas estaba hablando con un hombre de más o menos mi edad que al enterarse de que yo era profesor universitario me contó que su hijo tenía pensado estudiar biología y que él le había dicho que se lo pensara pues para lo que le podía servir era para ¡dar clases! La percepción sigue siendo la misma.

Por supuesto un biólogo puede hacer muchas más cosas, incluso somos de las pocas profesiones que tienen sus competencias reguladas por ley, algo que nunca llegamos a explicar en condiciones a nuestros alumnos, y hoy día tenemos muchas más posibilidades de desarrollar nuestra profesión que hace unas décadas, incluso tenemos nuevos competidores (léase licenciados en ciencias ambientales o en algunas ingenierías) lo que en principio no está mal, dado que presupone que hay algo por lo que competir, no sólo dar clases. Supongo que iré hablando de estos temas según vaya viendo el interés que suscitan entre los lectores del blog…

Pero hay algunas preguntas que también merecerían detenerse ante ellas para pensar un poco. Una de ellas es si desde la universidad estamos preparando adecuadamente a los futuros biólogos para ejercer su profesión. Habrá diversidad de opiniones y no me importaría compartir mis reflexiones con las de mis alumnos que casi todos llevan ya algunos años en la universidad (lo digo porque imparto una asignatura de los últimos cursos, no seáis mal pensados). Aun hay otra pregunta que me parece más importante, en todo caso a la que los docentes deberíamos responder primero de todas: qué es lo que queremos que sea la universidad. Porque de esta respuesta general deben de surgir después las respuestas más particulares para la profesión de biólogo o la de cualquier otra titulación que se imparta en la Universidad. Propongo dos opciones aunque hay varias más, o queremos que se convierta en una formación profesional de tercer nivel (FPIII), o queremos que se convierta no solo en formar profesionales sino en generadora de conocimiento. Queremos transmitir o queremos generar, o una mezcla de las dos cosas. Yo no me siento muy por la labor de la transmisión, no quiero que mis alumnos aprendan lo que yo les transmito (habrá que matizarlo esto en futuros artículos) sino que aprendan a que con esfuerzo y preparación se puede generar nuevo conocimiento, es decir, dar herramientas intelectuales más que destrezas y habilidades tal y como nos quieren casi imponer (por decirlo suavemente) con las nuevas ideas sobre las enseñanzas universitarias. Y ahora que me fusilen los pedagogos…

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Homo sapiens, homo violentus

Marzo 11, 2008 · No hay comentarios

Hoy quisiera reflexionar en este blog sobre algo a lo que no encuentro buenas respuestas por muchas vueltas que le dé: la violencia en el ser humano. No es un tema fácil de comprender y yo siempre quiero comprender lo que veo, no lo puedo remediar. Aceptamos como algo natural tantas manifestaciones de violencia que al final parece que es una característica más de nuestra especie. Y yo me niego a eso. No veo razón alguna como biólogo para admitir la violencia que continuamente padecemos o hacemos padecer como seres humanos. Estamos conviviendo con escenas no ya violentas sino brutalmente violentas de una forma cotididiana, a mí me faltan manos para intentar cambiar de canal de televisión cada vez que miro un informativo y están mis hijos delante. No hay manera de mantenerse informados si no tragamos una dosis diaria de violencia que raya en lo perverso -ya me imagino qué pasaría si en vez de imágenes de violencia explícita, con tremendas dosis de sangre, nos pusieran imágenes explícitas de sexo, que debe ser tan cotidiano como lo otro-.

Sí ya sé que los medios sólo reflejan lo que existe -aunque habría que matizar, porque me da la impresión de que algunas al menos de las imágenes que vemos se producen expresamente para salir en los medios-, y que mirar para otro lado no nos va a librar de la violencia, y que lo que esos medios nos venden es que precisamente son imágenes aleccionadoras de lo que puede ocurrir y que sensibilizan a la población, y que en parte gracias a ellos existen tantas oeneges que se preocupan de los más débiles y desfavorecidos. Bien, ese discurso ya me lo sé, y lo acepto en parte. Lo que a mí me preocupa saber es si la violencia forma parte de la esencia de la especie humana.

En ese sentido flaco favor ha hecho a nuestro pensamiento la divulgación de ciertas ideas relacionadas con la teoría de la evolución tal y como la entienden los darwinistas. El concepto de selección natural aparece no casualmente en el contexto de la visión victoriana del mundo en el siglo XIX inglés. Y ha sido tal el éxito de la teoría darwiniana que hemos interiorizado en nuestro pensamiento conceptos como selección del más fuerte, del más apto, lucha por la supervivencia, lucha de los más fuertes por la procreación para así preservar sus genes. Todo esto es asumido de una forma natural por casi todos nosotros, y aun más en los medios académicos. Yo no lo veo claro.

No se puede negar el hecho de que en la naturaleza existe la competencia. Y esto ayuda a comprender muchas adaptaciones que vemos en las especies. Pero el discurso de la selección del mejor llevado a sus últimas consecuencias es muy peligroso, además de falso. Nos llevaría a aceptar la violencia como uno más de los recursos de los que se pueden valer los más aptos para perpetuarse, o sea, la violencia como algo inherente a la vida, no ya al ser humano. Y para que nos acostumbremos a la idea nos enseñan a menudo en programas sobre la naturaleza lo violentos que son los animales, y muchos documentales se recrean en la aparente violencia gratuita de depredadores de todo tipo para con sus presas (la famosa orca con las pobres focas, que ya la hemos visto cientos de veces).

Pero si la violencia fuera inherente a la especie humana, ¿dónde residiría? Está claro que en el cerebro, no va a ser en el hígado o en el bazo (y no hablo de creencias, que ya sé que en determinadas culturas el hígado es un órgano en el que residen muchas funciones que nosotros atribuimos al cerebro). Es cierto que se pueden estimular por medio de electrodos ciertas zonas del cerebro y producir respuestas que podrían estar relacionadas con la violencia, estas respuestas van desde el miedo a la agresividad. En monos se ha hecho -se hizo hace bastantes años, no conozco investigaciones de este tipo que se hagan actualmente, aunque no lo podría descartar-. Pudiera ser por tanto que individuos con alguna malformación en esas zonas fueran especialmente proclives a respuestas violentas. De acuerdo, es una posibilidad que podría estudiarse. Pero de ahí a admitir que la violencia esté tan presente en nuestras vidas, que ya no solo a nivel personal sino colectivo seamos capaces de generar tanta violencia me parece imposible de comprender. Otra cosa es que haya quienes manejan perfectamente las debilidades humanas. Y manejan guerras, mafias, terrorismos… Esos sí que representan lo más perverso de la especie humana.

Es imposible para mí tratar un tema tan complejo en un solo apunte de este blog, y no sé si sabré aportar algo que tenga un mínimo sentido, pero no quería que pasara una fecha como la de hoy, en la que se cumplen cuatro años del tremendo atentado terrorista del 11M, sin reflexionar sobre la violencia en el ser humano. Y con la reflexión, el recuerdo y el homenaje a todas las víctimas, especialmente encarnado en la figura de la presidenta de la asociación de víctimas del 11M, Pilar Manjón. Mi recuerdo y mi respeto.

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KISS

Marzo 4, 2008 · No hay comentarios

Todavía me pregunto por qué aguanté hasta el final viendo el debate electoral de anoche. Y como yo, pienso que mucha gente. Será que estamos muy faltos de actos electorales de este tipo y nos da pena desperdiciar la oportunidad que nos han dado los líderes de los principales partidos de verlos en un simulacro de cara a cara. Dejo a los expertos el análisis profundo de estos debates televisados. Me quedaré en el análisis superficial que es lo que estamos haciendo de una forma u otra millones de españoles: ¡vaya plomo de espectáculo! De acuerdo con que España no es un régimen presidencialista y por tanto no deberían ser más importantes las personas que los programas que presentan los partidos. Pero también es verdad que la figura del próximo presidente del gobierno es algo que interesa. Y como todo el mundo sabe será uno de los dos que estaban anoche en la tele. Lo siento por los partidos que se han quedado sin poder tener su oportunidad de debatir, porque han perdido una oportunidad de exponer sus programas, pero lo de estos dos días de debate no ha sido para exponer proyectos (en el primero casi no hubo propuestas, en el segundo algunas más por parte del líder de los socialistas), sino para que nos hagamos una idea del presidente de gobierno que nos espera. A aquél que haya leído aunque sea un poco de los apuntes anteriores de este blog no se le escapará quién es para mí el mal menor, que no el que yo elegiría.

Pero mi pregunta no es esa. Mi pregunta es por qué parece tan difícil presentar un discurso coherente con las grandes diferencias que se supone que debería haber entre la izquierda y la derecha. En política tan importantes son los objetivos como los métodos para conseguirlos (en la ciencia pasa igual, será por eso por lo que me fijo tanto en los métodos…). Por poner un ejemplo, es complicado no estar de acuerdo cuando todos los partidos (y creo que son todos) hablan de las políticas de medio ambiente. Que si hay que preservar el medio, que si tenemos que conseguir menos contaminación, y cosas por el estilo. Claro que todos estamos de acuerdo, el problema sigue siendo el cómo conseguir esos objetivos: con una política de penalización a las empresas que más contaminen o bien con una política de subvención a las que menos lo hagan; con la fiscalidad o con la policia; con la prevención o con la persecución. Cualquiera diría que con una mezcla de las dos, pero en las mezclas lo que es interesante es la proporción de los componentes -hasta para hacer un buen tinto de verano tendríamos dificultades en ponernos de acuerdo con la proporción de vino y gaseosa-. Pues aquí igual.

He puesto un ejemplo sobre medio ambiente que me parece fácil de explicar, pero si se tratara de la economía creo que en el fondo es lo mismo. Todos podemos llegar a proponer el pleno empleo, pero cómo lograrlo es lo que diferencia a un proyecto político de otro. Todos queremos moderación de precios, salarios más altos y baja inflación. O sea que los objetivos políticos son muy parecidos y lo que diferencia a unos partidos de otros son los métodos que piensan utilizar para lograrlos.

¿Y eso es tan difícil de explicar? Al parecer sí, porque yo en el debate de ayer no vi en ningún momento intención alguna de exponer esas diferencias. Por eso fue tan penoso. Lo que intentaban hacer los dos aspirantes a presidente del gobierno, de una forma más o menos explícita, es presentar al contrario como una persona poco creíble y poco preparada (y estoy siendo muy benévolo con los calificativos, ellos fueron más duros). ¿Será que es que ya no hay tantas diferencias ideológicas entre la izquierda y la derecha? ¿Será que los dos partidos saben que lo que se disputan es el centro sociológico y que no conviene posicionarse demasiado ni a la izquierda ni a la derecha?

Evidentemente las diferencias ideológicas existen y por supuesto esas diferencias son más nítidas cuanto más se apartan del centro político. Y cuanto más se acerquen a los extremos más miedo nos dan. No hace falta tanto para presentar un proyecto político claro, nítido y diferenciado del proyecto de los demás partidos. Yo solo hubiera recomendado la premisa que da título a este apunte: KISS, keep it simple, stupid.

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