Salvador Guirado, perdonen que no les dé la mano

Abril 8, 2008

La universidad y el profesor (II)

Guardado en: personal, sociedad, universidad — salvaguirado @ 11:11 am

Lo que pienso sobre el proceso enseñanza/aprendizaje se puede resumir en una palabra: compromiso. Desde hace unos pocos años, el primer día de clase les digo a mis alumnos que si ellos quieren aprender Biología Celular (la materia que imparto) yo me comprometo a enseñarles, o sea a ayudarles a aprender a pensar como lo hace un biólogo celular. De eso se trata, ni más ni menos; si los alumnos no quieren aprender no hay nada que hacer, uno puede cargarse de razones y exigirles que al final del curso demuestren saber una serie de cosas que se han estudiado en los apuntes o los libros, y al que no lo logre lo suspende. Pero no nos equivoquemos, no estamos hablando de aprobar o suspender a muchos o pocos, ni de porcentajes de éxito (esos que ahora nos quieren proponer como indicios de calidad), no, estamos hablando de enseñar.

Ser profesor no es por tanto una labor que uno haga independientemente de los alumnos que tenga delante. Es algo que tiene que hacerse con los alumnos que quieran aprender. Por eso no concibo que un profesor universitario (hablo de lo que conozco, no intento generalizar para otros niveles de enseñanza) repita años tras año los mismos conceptos en clase, o intente conseguir los mismos objetivos sin tener en cuenta a los alumnos que en ese momento tiene.

Ser profesor por tanto exige una presencia física en el aula: sean las clases magistrales o no, sean teóricas o prácticas, si no estoy en presencia de los alumnos no puedo evaluar cómo va ocurriendo el proceso. Por eso tampoco concibo la enseñanza puramente virtual. Sé que está muy de moda y que parte del futuro pasará por ahí, pero a mí no me llama la atención lo más mínimo -sólo he participado durante un curso académico como profesor en un máster virtual, y una vez vivido no lo he vuelto a repetir-. Para las universidades parece ser que tiene muchas ventajas lo de los títulos impartidos mediante docencia virtual (o a distancia, que es más o menos lo mismo), pero es que yo creo que las universidades se pueden acabar convirtiendo en una especie de supermercados de títulos (en la mesa redonda a la que hice alusión en la primera parte de este artículo, las llamé el mercadona de los títulos universitarios; no hizo mucha gracia entre algunos de los asistentes que ya estaban embarcados en ello).

Ser profesor exige mostrar seguridad, no tanto en los conocimientos que uno tiene -que de todas formas sería deseable- sino en lo que puede uno hacer para conseguirlos. Uno no tiene por qué conocer todas las respuestas a las preguntas que le hagan, pero sí debería proponer a sus alumnos las formas en que intentaría responder a sus preguntas. Y que con el ejemplo que el profesor les da sobre cómo enfrentarse a algo que no conoce o no recuerda o no se ha planteado, ellos puedan aprender que eso se puede hacer así. No transmite más seguridad el profesor que habla con voz alta, clara y que no duda en contestar a cualquier pregunta -a veces inventando si hace falta antes que confesar la ignorancia-. No es malo reconocer en el aula que uno no sabe eso que le preguntan, lo malo sería reconocer que no sabe uno cómo intentar encontrar la respuesta.

Pero no es sólo enseñar procedimientos, es enseñar a criticar, a no ser acomodaticios, a que el conocimiento, el saber, es ante todo un reto intelectual que exige dedicación, esfuerzo, sacrificio y preparación. Y que la ciencia avanza porque hay hombres que se imponen ese reto.

Ser profesor es querer crecer continuamente en sabiduría y comprender que uno no puede hacer eso solo, que necesita a sus alumnos lo mismo que ellos lo necesitan a uno. Y admitir que entre sus alumnos es muy probable que haya quienes sean más inteligentes que uno mismo (no hay que confundir la inteligencia con la formación), y que eso no le incomode sino que lo aliente a contribuir en la preparación de nuevas generaciones que nos superarán a todos, y ante las que nos tenemos que comprometer para que así sea.

Abril 4, 2008

La universidad y el profesor (I)

Guardado en: personal, sociedad, universidad — salvaguirado @ 10:01 am

Hace ya unos cuantos meses participé en una mesa redonda sobre políticas de incentivación del profesorado universitario dentro de uno de los cursos de verano de El Escorial, organizado en este caso por la Universidad Complutense. Aunque insistentemente me pidieron que pusiera por escrito mi presentación para publicarla junto con las demás ponencias -y a pesar de que la tenía escrita de mi puño y letra; me había negado a mí mismo el uso del “powerpoint”-, nunca lo llegué a hacer por varias razones que ahora no vienen al caso.

En la primera parte de mi intervención reflexionaba en voz alta sobre qué clases de profesores universitarios hay (porque si se quiere incentivar algo habrá que saber qué es lo que se quiere incentivar, digo yo). Así que empecé con estas profundas palabras: Profesores universitarios hay de tres clases, buenos, malos y regulares. Y de ahí no me bajé en toda la charla y el posterior debate. Ya sé que la clasificación parece simplista -vale, no parece, es simplista-, pero tendréis que reconocer que todo el mundo la entiende y que es fácil de usar.

Lo difícil es definir qué es un buen profesor, porque los malos los sabemos reconocer casi todos y los regulares son los que quedan entre los buenos y los malos, la mayoría vamos. Yo siempre he dicho que de mayor quiero ser un buen profesor, y en ello estoy, haciéndome mayor :-) .

Según a quien se le pregunte la respuesta va a ser distinta. Un buen profesor puede ser el que explica claro, no molesta mucho y aprueba bastante, o el que asombra con sus conocimientos sobre la materia que imparte (y sobre las que no imparte también), o el que es capaz de sintonizar con sus alumnos y es gracioso en clase, o el que repite y repite con paciencia los conceptos hasta que la mayoría de sus alumnos ponga cara de haberlos comprendido, o el que sea capaz de equilibrar lo que da con lo que exige, y así podríamos seguir mucho más tiempo porque no hay respuestas claras ni únicas a la pregunta.

Evidentemente hay cualidades que algunas personas tienen de por sí y otras tienen que aprender a trabajar y que ayudan a conseguir ser un buen profesor. Una de ellas es la capacidad de comunicarse con los demás, no de comunicar sino de comunicarse: comunicar es lo que hacen los presentadores de telediarios, eso no sirve.

Pero antes de seguir tengo que dejar claro cuáles son mis puntos de referencias, mis orígenes de coordenadas (lo de mis principios lo dejaremos para otra ocasión), la base sobre la que yo quiero llegar a ser buen profesor; después veremos también cuáles son las dificultades que se encuentra uno para conseguirlo. Para empezar, siempre me acuerdo de alguna frase de Paulo Freire, algunas de ellas las podéis encontrar en el enlace que he puesto en su nombre. Comparto con él lo esencial de su pensamiento, y quien crea que sus ideas sobre la pedagogía se reducen a los primeros pasos de la educación, la alfabetización sobre todo, y que no tienen cabida en un entorno universitario es que no lo conocen adecuadamente. El le da importancia fundamental al pensamiento crítico y a la pedagogía de la pregunta. Y esas son las bases de mi concepción de la enseñanza. Yo no pretendo transmitir conocimiento, no quiero ser un profesor que explica muy bien, ordenadito, que consigue que sus alumnos cojan muy buenos apuntes, o que dicta literalmente los apuntes (que creo que todavía hay muchos que lo hacen), un profesor que como he escuchado en alguna oposición sea el que entregue el testigo del saber a sus alumnos: yo aprendo esto y te lo transmito a ti (mira qué suerte).

Quiero ser un profesor que aprenda enseñando. Que las preguntas de mis alumnos sean las que me hagan crecer como profesor porque me tenga que enfrentar a ellas, a veces sin paracaidas. Que haga el camino con ellos. Sí, les puedo servir de guía, de acompañante en su aprendizaje, pero son ellos los que tienen que aprender, y yo aprender de ellos. Quiero ser un profesor que enseñe que hay que ser crítico con el saber, porque si no hay crítica no hay posibilidad de crecer en sabiduría, solo aceptación de lo que otros han establecido, que estará bien o no pero que tiene que ser sometido necesariamente a la crítica para que sea útil. Y si es posible, que no siempre lo es, construir un discurso coherente sobre la base de las preguntas que hagan los alumnos. Yo siempre les animo a preguntar, y les digo absolutamente convencido que no hay preguntas tontas, que las preguntas aparentemente tontas son las más difíciles de responder (¿por qué caerá una manzana del árbol siempre hacia abajo? ¿por qué casi siempre los núcleos de las células son redondos?), y por eso siempre empiezo mis clases desde hace muchos años de esa manera que ha recordado una alumna en un comentario a un artículo anterior: ¿alguna duda, alguna pregunta o comentario? Cuando alguien interviene en ese momento, sé que puedo empezar a procurar ser un buen profesor.

Marzo 31, 2008

La universidad y el biólogo

Guardado en: personal, sociedad, universidad — salvaguirado @ 2:38 pm

Después de varios meses de blog en los que me he ido presentando, ha llegado la hora de escribir algo sobre mi profesión y sobre el futuro que espero de ella. Lo de la presentación personal hacía falta, uno es persona antes que cualquier cosa y cada uno opina desde su perspectiva, y esta perspectiva -subjetividad- está formada o deformada por múltiples aspectos que han ido haciendo de nosotros lo que somos. Nada es neutro en la vida y mucho menos nuestras opiniones, así que antes de hablar de cosas importantes es mejor dar unas cuantas ideas sobre nuestros puntos de vista generales, nuestra personalidad, nuestras creencias, o nuestras referencias. Siempre es bueno que en una discusión el otro tenga ocasión de ponerse en nuestro lugar y nosotros de ponernos en lugar del otro, pero para eso hay que saber cuál es el lugar de nuestro interlocutor. Cuando estamos hablando cara a cara muchas veces no es necesario esta presentación porque hay una cosa que es la empatía, que nos hace saber inmediatamente si vamos a ser capaces de dialogar o no con el otro; pero esto es internet, aquí no nos vemos, no hay feromonas -no sólo sirven para la atracción sexual, tienen muchas más funciones- ni muchas posibilidades de intuir al otro, por lo que aún me parece más necesario establecer nuestro origen de coordenadas mental. Eso es lo que he intentado hacer en gran parte de mis anteriores apuntes en este blog y espero haberlo conseguido en alguna medida.

Durante muchos años cuando alguien me preguntaba qué era yo -qué profesión tenía se entiende, nadie hace esa pregunta buscando otro tipo de respuesta más filosófica- siempre respondía soy biólogo. Nada más. Me parecía suficiente, aunque en seguida venía la contrarréplica: o sea, que das clases. Y yo entonces explicaba que sí, que era profesor universitario que en definitiva era lo que siempre había querido ser porque se podían compaginar bastante bien dos aspectos tan enriquecedores como son la docencia y la investigación. Más tarde, cuando las reformas legales en la universidad nos dividieron en áreas de conocimiento y un poco en castas (los bioquímicos la más selecta de todas porque ellos lo han querido así :-) pero no son los únicos ni mucho menos, todos pecamos del mismo problema), ya empecé a llamarme biólogo celular -el área de conocimiento en la que soy catedrático-, y más recientemente neurobiólogo, que es a lo que dedico mis investigaciones.

Casi treinta años de experiencia docente (se cumplirán en octubre de este año) han debido de servir para que tenga una idea más o menos general sobre la universidad y sobre cómo ha ido evolucionando (parece adecuado el término) la profesión de biólogo -esto más que una afirmación es la expresión de un deseo-. Puede que la profesión de biólogo haya cambiado pero no así la percepción que en demasiadas ocasiones tiene gran parte de la sociedad. No hace más de un par de semanas estaba hablando con un hombre de más o menos mi edad que al enterarse de que yo era profesor universitario me contó que su hijo tenía pensado estudiar biología y que él le había dicho que se lo pensara pues para lo que le podía servir era para ¡dar clases! La percepción sigue siendo la misma.

Por supuesto un biólogo puede hacer muchas más cosas, incluso somos de las pocas profesiones que tienen sus competencias reguladas por ley, algo que nunca llegamos a explicar en condiciones a nuestros alumnos, y hoy día tenemos muchas más posibilidades de desarrollar nuestra profesión que hace unas décadas, incluso tenemos nuevos competidores (léase licenciados en ciencias ambientales o en algunas ingenierías) lo que en principio no está mal, dado que presupone que hay algo por lo que competir, no sólo dar clases. Supongo que iré hablando de estos temas según vaya viendo el interés que suscitan entre los lectores del blog…

Pero hay algunas preguntas que también merecerían detenerse ante ellas para pensar un poco. Una de ellas es si desde la universidad estamos preparando adecuadamente a los futuros biólogos para ejercer su profesión. Habrá diversidad de opiniones y no me importaría compartir mis reflexiones con las de mis alumnos que casi todos llevan ya algunos años en la universidad (lo digo porque imparto una asignatura de los últimos cursos, no seáis mal pensados). Aun hay otra pregunta que me parece más importante, en todo caso a la que los docentes deberíamos responder primero de todas: qué es lo que queremos que sea la universidad. Porque de esta respuesta general deben de surgir después las respuestas más particulares para la profesión de biólogo o la de cualquier otra titulación que se imparta en la Universidad. Propongo dos opciones aunque hay varias más, o queremos que se convierta en una formación profesional de tercer nivel (FPIII), o queremos que se convierta no solo en formar profesionales sino en generadora de conocimiento. Queremos transmitir o queremos generar, o una mezcla de las dos cosas. Yo no me siento muy por la labor de la transmisión, no quiero que mis alumnos aprendan lo que yo les transmito (habrá que matizarlo esto en futuros artículos) sino que aprendan a que con esfuerzo y preparación se puede generar nuevo conocimiento, es decir, dar herramientas intelectuales más que destrezas y habilidades tal y como nos quieren casi imponer (por decirlo suavemente) con las nuevas ideas sobre las enseñanzas universitarias. Y ahora que me fusilen los pedagogos…

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