Una amiga me contesta en su blog medio en broma medio en serio que el ateísmo es la ausencia de creencia. Y aunque inmediatamente tuve tentaciones de contestar me callé porque cualquier respuesta que quisiera darle necesitaría de más espacio del que es razonable ocupar en el blog de otra persona, según entiendo yo las normas de cortesía no escritas, y en todo caso por mí cumplidas, que acompañar deberían a los que ocupamos parte de nuestro tiempo en esto de los blogs.
Admitir la ausencia de creencia para definir el ateísmo no parece cosa tan grave. En definitiva no creer en dios implica una negación. Visto así, parece que al ateo es que le falta algo, la ausencia siempre presupone algo o alguien que no esté. Es como si no estuviéramos completos, los ateos, porque a la ausencia de dios le añadimos la ausencia de las creencias. Yo no lo veo así. Creer en la existencia de un dios no hace más completos a los creyentes, ni lo contrario menos completos a los no creyentes.
Los hombres construyen una y otra vez la idea de un dios creador porque no sabemos explicar la vida, ni cómo se pudo originar ni cómo ha dado lugar a la infinidad de formas que se pueden encontrar en ella ni, mucho menos aún, cómo desde una célula primigenia llega a aparecer un animal dotado de unas cualidades tan insólitas como las humanas. Pero no nos olvidemos que la imagen o la idea de dios es un producto de la mente humana, y generalmente no pasa como dice la biblia que “Dios creó al hombre a su imagen y semajanza”. Más bien ocurre lo contrario, que creamos una imagen de dios a semejanza nuestra.
Para empezar, el hombre creyente, que se considera rey de la creación porque así lo ha decidido el creador, admite sin problemas que los animales y las plantas (en realidad la mayoría de los seres vivos son unicelulares, así que escapan a esta clasificación) son seres inferiores que hay que cuidar porque son obra divina pero que no tienen la misma categoría. Las cosas son así porque así lo ha decidido dios (ay, ése “dios lo ha querido” qué poco consuelo me da). Y el hombre creyente inteligente, sabedor de la trampa que encierra el pensar que algo tan lleno de fallos como es la “naturaleza humana” haya sido la mejor obra de dios, inventa el concepto de libertad de elección para explicar que no es que el mundo no esté bien hecho, es que dios, en su infinita bondad, nos da la libertad de elegir y somos nosotros los que la fastidiamos. Elegimos el camino del mal cuando fácilmente podríamos elegir el camino del bien. Las guerras, los crímenes, las aberraciones cometidas contra otros seres humanos, la miseria, la pobreza degradante de la condición humana, cuando hablamos de estas cosas los creyentes dicen enseguida que dios no tiene nada que ver. Somos los hombres los responsables. Pues claro que lo somos, quién si no. Parece que para los creyentes dios hizo algo bueno una vez y ya somos nosotros los que vamos degradando su creación. Qué dios tan poco poderoso y tan poco vidente que no vió en qué nos estábamos convirtiendo.
Ser ateo, querida amiga, es tener el valor de enfrentarse a nuestras propias miserias sin el escudo de nada sobrenatural. No hemos sido creados así, somos el producto de la evolución de la vida. No sé cómo surgió la vida pero no me hace falta recurrir a un creador porque admito que aunque fuera por accidente o azar yo sólo tengo la única y máxima responsabilidad de vivirla. Ser ateo no es falta de creencias, es creer que el hombre forma parte por sí mismo de la vida, que nadie nos ha insuflado ningún alma, que lo bueno y lo malo que hay en el universo es producto de nuestras acciones, que, aunque la magnitud del fenómeno vida nos sobrecoja y sobrepase nuestra capacidad de comprensión no necesitamos recurrir a algo no vivo (¿podría dios estar vivo?, si fuera así tendría que poder morir, esa es la historia que se esconde detrás del cristianismo) para que nos dé razón de existir.
Amar la vida en su conjunto, no a cada una de sus criaturitas, yo no soy franciscano soy biólogo y además hay “bichos” que me desagradan bastante y bacterias que me fastidian enormemente, amar la vida en su conjunto porque somos parte de ella, una parte distinta sí pero insignificante dentro del fenómeno vida, es lo que me hace vivir sin necesidad de dios.
