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08
Jun
08

Reflexiones cruzadas

No me preguntéis por qué se me ocurre hablar de esto ahora; una serie de reflexiones cruzadas motivadas por lo que leo, escribo, pienso, pregunto y no sé qué más cosas hacen que vuelva al tema de la mente.

Todo viene por una pregunta sobrevenida sobre por qué los griegos de la antigüedad sabían tanto de la naturaleza humana. Nuestra cultura y nuestra civilización están impregnadas de las ideas de aquellos griegos que filosofaron y escribieron como nunca después se ha visto nada igual.

Cuando hablo a mis alumnos de las capacidades del cerebro y abordamos el tema de las funciones cerebrales llamadas superiores, el lenguaje, el pensamiento abstracto…, les digo una perogrullada que tiene su pequeña trampa. Podemos hacer esas funciones porque nuestro cerebro tiene una estructura que las permite. O sea, que lo hacemos porque lo podemos hacer (ésta, obviamente, es la perogrullada). Pero si la estructura de nuestro cerebro nos lo permite y esa estructura es propia del cerebro humano, tendríamos que pensar que todos los humanos poseeríamos teóricamente las mismas capacidades intelectuales. Con pequeñas variaciones, y respetando las excepcionalidades, el cerebro de nuestra especie permite hacer todo lo que hacemos.

Por eso no es de extrañar que los hombres antiguos de los que tenemos noticias históricas tuvieran esas cualidades mentales tan magníficas. Como norma general, no somos más inteligentes que los antiguos griegos, ellos eran tan inteligentes como nosotros. Tendemos a confundir desarrollo tecnológico o científico con inteligencia, y no es así. Nuestro mundo puede estar mucho más desarrollado tecnológicamente y los logros científicos se han ido acumulando a través de los tiempos, pero nuestro cerebro sigue siendo el mismo. No tiene más capacidades, su estructura básica es la misma.

Y esto tiene que venir siendo así desde que somos especie Homo sapiens. Esto es más difícil de digerir, pero las capacidades mentales de un hombre de los que habitaban las cuevas de Altamira no tenían por qué ser inferiores a las nuestras. Lo mismo que no lo son las de cualquier humano de alguna tribu perdida de la selva. ¿O es que creemos que nuestro cerebro es “superior” al de esos indígenas? (me temo que para alguna gente esto sea así, pero allá ellos).

Qué es lo que hace entonces que en un grupo de humanos se desarrollen unas condiciones en las que aflore el pensamiento más elevado, y los griegos aquellos “inventaran” la filosofía o la tragedia o la comedia o la mitología olímpica… Me parece que la respuesta hay que buscarla en otra de las capacidades cerebrales que tenemos muy desarrollada: el aprendizaje, y junto al aprendizaje, la memoria declarativa (esa memoria que tenemos los humanos y que nos permite “declarar” lo que hemos aprendido).

O lo que es lo mismo. La escuela. En el amplio sentido. La educación. Eso es lo que permite desarrollar al máximo nuestras capacidades intelectuales. Ellos, los griegos antiguos, la tenían. Nosotros no estoy muy seguro de que vayamos por el buen camino…

04
Jun
08

Aulas vacías

Ahora sí que se nota que el curso ha acabado, las aulas sólo se llenan cuando hay algún examen y los pasillos y los aparcamientos se ven igualmente vacíos. Todavía nada comparable a cuando llegue julio, que esto empezará a parecerse a un desierto. Y esto pasa en una de las facultades donde los profesores acuden mayoritariamente a su trabajo todos los días del curso, no quiero pensar qué ocurrirá en aquellos centros en los que ya durante el curso es normal que muchos sólo vayan cuando tienen clases…

No sé si los alumnos se percatan de ello pero a los profesores -quitando a algún sádico que haya por ahí- no nos gusta especialmente corregir exámanes. Y no es por tener que trabajar, no seáis mal pensados, incluso a los que les/nos gusta ser profesor esto de corregir exámenes se antoja algo poco gratificante.

Por eso -y no por ninguna otra razón de peso- creo que se inventaron los exámenes tipo test. Llevo casi treinta años de docencia y jamás he puesto un examen tipo test, ni me parece que lo vaya a hacer (no creo que los pedagogos que se están adueñando del ideario de Bolonia, tengan poder suficiente para obligarme a hacer un tipo específico de examen, aunque como nos dejemos manejar como lo estamos haciendo algunos nos vamos a tener que ir a las trincheras).

Total, que siempre a final de curso me veo corrigiendo muchos exámenes que tengo que leer con detenimiento para poder corregirlos adecuadamente. Quejarse aquí de nada sirve, pero es impactante ver cómo escriben los futuros licenciados, qué mal. Qué desilusión corregir un examen tras otro y ver que la mayoría no sabe expresar una idea de forma mínimamente coherente. Y qué ilusión cuando de repente te encuentras a una persona que sabe escribir. Eso te predispone a ser positivo con respecto a la evaluación. Y quien no lo acepte así es que no dice la verdad. Precisamente una de las críticas que se le hacen a los exámenes que no son tipo test es que no son lo suficientemente objetivos. Como si la relación maestro-alumno tuviera que ser objetiva. Errores o incluso injusticias se cometen a la hora de evaluar, para eso están los mecanismos previstos en los reglamentos y estatutos de las universidades, para garantizar la justicia del proceso de evaluación. Pero ser objetivos es algo ligeramente distinto a ser justo. Yo quiero ser justo pero no me empeño o encabezono por ser objetivo. Los matices de esta última afirmación son más que interesantes y probablemente algunos puedan opinar de forma totalmente distinta -igual tendré que escribir algo más sobre ello-.

Pero a lo que iba, que las aulas están vacías. Que hay un silencio extremo. Aquellos que piensan en la universidad sólo como un servicio público en el que los que ofrecemos el servicio somos los profesores y el PAS, y los que lo reciben son los alumnos, los clientes, los que “pagan” por el servicio, pensarán que vaya desperdicio de recursos. Esto está sin clientes desde ahora hasta finales de septiembre que empezarán otra vez las aulas a llenarse. Es como si el corte inglés cerrara tres o cuatro meses al año, ¡vaya empresa sería!

Pues aquí pasa lo mismo, como las universidades se van convirtiendo poco a poco en prestadoras de servicios -y se olvidan de otra parte fundamental de su razón de ser, que es generar conocimiento-, dentro de pocas semanas empezarán a florecer por doquier cursos de verano -qué bonito- para que los alumnos sigan pagando matrículas, sigan obteniendo créditos de libre configuración (que hay que ver los cursos que después pretenden que se les reconozca, creédme he estado cuatro años presidiendo la comisión de convalidaciones de biología), y para que algunos profesores saquen dinerillo extra de las charlas que dan en esos cursos. Hay algo que no me acaba de gustar en todo ello. No quiero criticar de forma global estos cursos pero no me llaman la atención. Si aquellos que en verano muestran una actividad febril dando cursos y conferencias lo hacen igualmente durante todo el curso académico, entonces no tengo nada que decir, es su forma de realizarse en su trabajo. Pero me temo que ésos son una minoría.

Los que vivimos a caballo entre las aulas y los laboratorios -o la investigación en general, hablo de lo que sé- no tenemos mucho problema en adecuar nuestras actividades según haya o no docencia. Si no damos clases, estamos más tiempo investigando (aunque muchos opinamos que gastamos gran parte del tiempo en tareas burocráticas), pero lo que no se puede negar es que la universidad pierde encanto, pierde vida cuando las aulas están vacías. Por eso divago tanto…

Suerte a todos con los exámenes.

22
May
08

Y el curso se va acabando…

Quedan muy poquitos días para que los alumnos dejen de asistir a las clases y se dediquen solo a preparar los exámenes y, eventualmente, a presentarse a ellos. Dentro de poco los pasillos de la facultad se irán quedando cada vez más vacíos y notaremos todos que el curso se acaba…

Naturalmente esta época se vive de forma muy distinta desde la perspectiva de los profesores o de los alumnos. Unos tienen que pensar en evaluar el trabajo y los conocimientos de sus alumnos, y otros tienen como meta aprobar, sacar nota o que se vean reconocidos sus esfuerzos durante el curso. Y tampoco es igual ser alumno de los primeros cursos que un alumno que pretende terminar sus estudios en este curso. Se vive muy distinto. Los profesores lo vemos. Año tras año vamos notando cómo aumenta la preocupación conforme se acerca el final del curso. Yo llevo muchos tiempo dando clases a alumnos que se acercan al final de la licenciatura y observo ya no solo preocupación por los exámenes sino, lo que es mucho más importante, por el futuro cercano.

Veo en muchos de mis alumnos una gran desinformación sobre qué posibilidades se les plantean una vez acabada la licenciatura. ¿Qué hacer: buscar trabajo de lo que sea, un máster, el CAP,…? Sinceramente, no los preparamos para que tengan una visión real y global de las opciones. A lo sumo, a los que se acercan a nosotros a nivel personal y preguntan por si pueden hacer algo entonces les decimos algunas de las posibilidades. Pero esto no deja de ser una solución muy parcial porque son pocos los que se atreven a preguntar -y no siempre preguntan al que mejor podría informarles-.

Ahora es cuando muchos estudiantes se lamentan de no haber conseguido mejores notas que hagan que su expediente sea tenido en cuenta a la hora de competir por una beca o una plaza en un programa de doctorado o un máster o un contrato de trabajo. Porque ahora sí se compite, esto no podemos negarlo. El currículo es algo que nos acompañará siempre -por eso es currículum vítae-. Conforme pase el tiempo podremos ir eligiendo qué cosas resaltar y qué cosas ni siquiera nombrar según a quién se le presente, pero un licenciado recién terminado pocas cosas más importantes puede señalar que su expediente académico, así que las notas o la media de las notas que haya conseguido es mucho más importante de lo que parece en estas primeras etapas.

Pero hay otras cosas que muchos valoramos incluso por encima de las notas. Son las actitudes, las ganas, el desparpajo, la disponibilidad, el que alguien se nos plante delante y nos diga que tiene claro que lo que le gusta es esto y que está dispuesto a seguir ese camino, sea trabajar o seguir formándose o hacer un doctorado o varias cosas a la vez. Si con esas edades uno no demuestra empuje poco se puede esperar que lo haga después.

Así que aunque las cosas son un pelín más complejas de lo que yo las pinto aquí, mi recomendación a los que están cerca de acabar es que no se corten, que hablen, se entrevisten, echen papeles y muestren una actitud positiva hacia las ofertas que puedan encontrar, que para decir que no siempre hay tiempo si no les interesa lo que encuentren. Que busquen su camino con ahínco porque nadie va a ir a buscarlos a ellos a sus casas, y que no se dejen llevar simplemente por lo que vean que decide la mayoría de los compañeros. Las opciones ahora son completamente personales, ya no hay trabajos en grupo, hay que enfrentarse de forma individual al futuro.

Y solo me queda desearles suerte -porque también hay que tener suerte, a qué negarlo-, suerte con los exámenes y suerte con lo que les depare el futuro inmediato.

08
Abr
08

La universidad y el profesor (II)

Lo que pienso sobre el proceso enseñanza/aprendizaje se puede resumir en una palabra: compromiso. Desde hace unos pocos años, el primer día de clase les digo a mis alumnos que si ellos quieren aprender Biología Celular (la materia que imparto) yo me comprometo a enseñarles, o sea a ayudarles a aprender a pensar como lo hace un biólogo celular. De eso se trata, ni más ni menos; si los alumnos no quieren aprender no hay nada que hacer, uno puede cargarse de razones y exigirles que al final del curso demuestren saber una serie de cosas que se han estudiado en los apuntes o los libros, y al que no lo logre lo suspende. Pero no nos equivoquemos, no estamos hablando de aprobar o suspender a muchos o pocos, ni de porcentajes de éxito (esos que ahora nos quieren proponer como indicios de calidad), no, estamos hablando de enseñar.

Ser profesor no es por tanto una labor que uno haga independientemente de los alumnos que tenga delante. Es algo que tiene que hacerse con los alumnos que quieran aprender. Por eso no concibo que un profesor universitario (hablo de lo que conozco, no intento generalizar para otros niveles de enseñanza) repita años tras año los mismos conceptos en clase, o intente conseguir los mismos objetivos sin tener en cuenta a los alumnos que en ese momento tiene.

Ser profesor por tanto exige una presencia física en el aula: sean las clases magistrales o no, sean teóricas o prácticas, si no estoy en presencia de los alumnos no puedo evaluar cómo va ocurriendo el proceso. Por eso tampoco concibo la enseñanza puramente virtual. Sé que está muy de moda y que parte del futuro pasará por ahí, pero a mí no me llama la atención lo más mínimo -sólo he participado durante un curso académico como profesor en un máster virtual, y una vez vivido no lo he vuelto a repetir-. Para las universidades parece ser que tiene muchas ventajas lo de los títulos impartidos mediante docencia virtual (o a distancia, que es más o menos lo mismo), pero es que yo creo que las universidades se pueden acabar convirtiendo en una especie de supermercados de títulos (en la mesa redonda a la que hice alusión en la primera parte de este artículo, las llamé el mercadona de los títulos universitarios; no hizo mucha gracia entre algunos de los asistentes que ya estaban embarcados en ello).

Ser profesor exige mostrar seguridad, no tanto en los conocimientos que uno tiene -que de todas formas sería deseable- sino en lo que puede uno hacer para conseguirlos. Uno no tiene por qué conocer todas las respuestas a las preguntas que le hagan, pero sí debería proponer a sus alumnos las formas en que intentaría responder a sus preguntas. Y que con el ejemplo que el profesor les da sobre cómo enfrentarse a algo que no conoce o no recuerda o no se ha planteado, ellos puedan aprender que eso se puede hacer así. No transmite más seguridad el profesor que habla con voz alta, clara y que no duda en contestar a cualquier pregunta -a veces inventando si hace falta antes que confesar la ignorancia-. No es malo reconocer en el aula que uno no sabe eso que le preguntan, lo malo sería reconocer que no sabe uno cómo intentar encontrar la respuesta.

Pero no es sólo enseñar procedimientos, es enseñar a criticar, a no ser acomodaticios, a que el conocimiento, el saber, es ante todo un reto intelectual que exige dedicación, esfuerzo, sacrificio y preparación. Y que la ciencia avanza porque hay hombres que se imponen ese reto.

Ser profesor es querer crecer continuamente en sabiduría y comprender que uno no puede hacer eso solo, que necesita a sus alumnos lo mismo que ellos lo necesitan a uno. Y admitir que entre sus alumnos es muy probable que haya quienes sean más inteligentes que uno mismo (no hay que confundir la inteligencia con la formación), y que eso no le incomode sino que lo aliente a contribuir en la preparación de nuevas generaciones que nos superarán a todos, y ante las que nos tenemos que comprometer para que así sea.

04
Abr
08

La universidad y el profesor (I)

Hace ya unos cuantos meses participé en una mesa redonda sobre políticas de incentivación del profesorado universitario dentro de uno de los cursos de verano de El Escorial, organizado en este caso por la Universidad Complutense. Aunque insistentemente me pidieron que pusiera por escrito mi presentación para publicarla junto con las demás ponencias -y a pesar de que la tenía escrita de mi puño y letra; me había negado a mí mismo el uso del “powerpoint”-, nunca lo llegué a hacer por varias razones que ahora no vienen al caso.

En la primera parte de mi intervención reflexionaba en voz alta sobre qué clases de profesores universitarios hay (porque si se quiere incentivar algo habrá que saber qué es lo que se quiere incentivar, digo yo). Así que empecé con estas profundas palabras: Profesores universitarios hay de tres clases, buenos, malos y regulares. Y de ahí no me bajé en toda la charla y el posterior debate. Ya sé que la clasificación parece simplista -vale, no parece, es simplista-, pero tendréis que reconocer que todo el mundo la entiende y que es fácil de usar.

Lo difícil es definir qué es un buen profesor, porque los malos los sabemos reconocer casi todos y los regulares son los que quedan entre los buenos y los malos, la mayoría vamos. Yo siempre he dicho que de mayor quiero ser un buen profesor, y en ello estoy, haciéndome mayor :-) .

Según a quien se le pregunte la respuesta va a ser distinta. Un buen profesor puede ser el que explica claro, no molesta mucho y aprueba bastante, o el que asombra con sus conocimientos sobre la materia que imparte (y sobre las que no imparte también), o el que es capaz de sintonizar con sus alumnos y es gracioso en clase, o el que repite y repite con paciencia los conceptos hasta que la mayoría de sus alumnos ponga cara de haberlos comprendido, o el que sea capaz de equilibrar lo que da con lo que exige, y así podríamos seguir mucho más tiempo porque no hay respuestas claras ni únicas a la pregunta.

Evidentemente hay cualidades que algunas personas tienen de por sí y otras tienen que aprender a trabajar y que ayudan a conseguir ser un buen profesor. Una de ellas es la capacidad de comunicarse con los demás, no de comunicar sino de comunicarse: comunicar es lo que hacen los presentadores de telediarios, eso no sirve.

Pero antes de seguir tengo que dejar claro cuáles son mis puntos de referencias, mis orígenes de coordenadas (lo de mis principios lo dejaremos para otra ocasión), la base sobre la que yo quiero llegar a ser buen profesor; después veremos también cuáles son las dificultades que se encuentra uno para conseguirlo. Para empezar, siempre me acuerdo de alguna frase de Paulo Freire, algunas de ellas las podéis encontrar en el enlace que he puesto en su nombre. Comparto con él lo esencial de su pensamiento, y quien crea que sus ideas sobre la pedagogía se reducen a los primeros pasos de la educación, la alfabetización sobre todo, y que no tienen cabida en un entorno universitario es que no lo conocen adecuadamente. El le da importancia fundamental al pensamiento crítico y a la pedagogía de la pregunta. Y esas son las bases de mi concepción de la enseñanza. Yo no pretendo transmitir conocimiento, no quiero ser un profesor que explica muy bien, ordenadito, que consigue que sus alumnos cojan muy buenos apuntes, o que dicta literalmente los apuntes (que creo que todavía hay muchos que lo hacen), un profesor que como he escuchado en alguna oposición sea el que entregue el testigo del saber a sus alumnos: yo aprendo esto y te lo transmito a ti (mira qué suerte).

Quiero ser un profesor que aprenda enseñando. Que las preguntas de mis alumnos sean las que me hagan crecer como profesor porque me tenga que enfrentar a ellas, a veces sin paracaidas. Que haga el camino con ellos. Sí, les puedo servir de guía, de acompañante en su aprendizaje, pero son ellos los que tienen que aprender, y yo aprender de ellos. Quiero ser un profesor que enseñe que hay que ser crítico con el saber, porque si no hay crítica no hay posibilidad de crecer en sabiduría, solo aceptación de lo que otros han establecido, que estará bien o no pero que tiene que ser sometido necesariamente a la crítica para que sea útil. Y si es posible, que no siempre lo es, construir un discurso coherente sobre la base de las preguntas que hagan los alumnos. Yo siempre les animo a preguntar, y les digo absolutamente convencido que no hay preguntas tontas, que las preguntas aparentemente tontas son las más difíciles de responder (¿por qué caerá una manzana del árbol siempre hacia abajo? ¿por qué casi siempre los núcleos de las células son redondos?), y por eso siempre empiezo mis clases desde hace muchos años de esa manera que ha recordado una alumna en un comentario a un artículo anterior: ¿alguna duda, alguna pregunta o comentario? Cuando alguien interviene en ese momento, sé que puedo empezar a procurar ser un buen profesor.

31
Mar
08

La universidad y el biólogo

Después de varios meses de blog en los que me he ido presentando, ha llegado la hora de escribir algo sobre mi profesión y sobre el futuro que espero de ella. Lo de la presentación personal hacía falta, uno es persona antes que cualquier cosa y cada uno opina desde su perspectiva, y esta perspectiva -subjetividad- está formada o deformada por múltiples aspectos que han ido haciendo de nosotros lo que somos. Nada es neutro en la vida y mucho menos nuestras opiniones, así que antes de hablar de cosas importantes es mejor dar unas cuantas ideas sobre nuestros puntos de vista generales, nuestra personalidad, nuestras creencias, o nuestras referencias. Siempre es bueno que en una discusión el otro tenga ocasión de ponerse en nuestro lugar y nosotros de ponernos en lugar del otro, pero para eso hay que saber cuál es el lugar de nuestro interlocutor. Cuando estamos hablando cara a cara muchas veces no es necesario esta presentación porque hay una cosa que es la empatía, que nos hace saber inmediatamente si vamos a ser capaces de dialogar o no con el otro; pero esto es internet, aquí no nos vemos, no hay feromonas -no sólo sirven para la atracción sexual, tienen muchas más funciones- ni muchas posibilidades de intuir al otro, por lo que aún me parece más necesario establecer nuestro origen de coordenadas mental. Eso es lo que he intentado hacer en gran parte de mis anteriores apuntes en este blog y espero haberlo conseguido en alguna medida.

Durante muchos años cuando alguien me preguntaba qué era yo -qué profesión tenía se entiende, nadie hace esa pregunta buscando otro tipo de respuesta más filosófica- siempre respondía soy biólogo. Nada más. Me parecía suficiente, aunque en seguida venía la contrarréplica: o sea, que das clases. Y yo entonces explicaba que sí, que era profesor universitario que en definitiva era lo que siempre había querido ser porque se podían compaginar bastante bien dos aspectos tan enriquecedores como son la docencia y la investigación. Más tarde, cuando las reformas legales en la universidad nos dividieron en áreas de conocimiento y un poco en castas (los bioquímicos la más selecta de todas porque ellos lo han querido así :-) pero no son los únicos ni mucho menos, todos pecamos del mismo problema), ya empecé a llamarme biólogo celular -el área de conocimiento en la que soy catedrático-, y más recientemente neurobiólogo, que es a lo que dedico mis investigaciones.

Casi treinta años de experiencia docente (se cumplirán en octubre de este año) han debido de servir para que tenga una idea más o menos general sobre la universidad y sobre cómo ha ido evolucionando (parece adecuado el término) la profesión de biólogo -esto más que una afirmación es la expresión de un deseo-. Puede que la profesión de biólogo haya cambiado pero no así la percepción que en demasiadas ocasiones tiene gran parte de la sociedad. No hace más de un par de semanas estaba hablando con un hombre de más o menos mi edad que al enterarse de que yo era profesor universitario me contó que su hijo tenía pensado estudiar biología y que él le había dicho que se lo pensara pues para lo que le podía servir era para ¡dar clases! La percepción sigue siendo la misma.

Por supuesto un biólogo puede hacer muchas más cosas, incluso somos de las pocas profesiones que tienen sus competencias reguladas por ley, algo que nunca llegamos a explicar en condiciones a nuestros alumnos, y hoy día tenemos muchas más posibilidades de desarrollar nuestra profesión que hace unas décadas, incluso tenemos nuevos competidores (léase licenciados en ciencias ambientales o en algunas ingenierías) lo que en principio no está mal, dado que presupone que hay algo por lo que competir, no sólo dar clases. Supongo que iré hablando de estos temas según vaya viendo el interés que suscitan entre los lectores del blog…

Pero hay algunas preguntas que también merecerían detenerse ante ellas para pensar un poco. Una de ellas es si desde la universidad estamos preparando adecuadamente a los futuros biólogos para ejercer su profesión. Habrá diversidad de opiniones y no me importaría compartir mis reflexiones con las de mis alumnos que casi todos llevan ya algunos años en la universidad (lo digo porque imparto una asignatura de los últimos cursos, no seáis mal pensados). Aun hay otra pregunta que me parece más importante, en todo caso a la que los docentes deberíamos responder primero de todas: qué es lo que queremos que sea la universidad. Porque de esta respuesta general deben de surgir después las respuestas más particulares para la profesión de biólogo o la de cualquier otra titulación que se imparta en la Universidad. Propongo dos opciones aunque hay varias más, o queremos que se convierta en una formación profesional de tercer nivel (FPIII), o queremos que se convierta no solo en formar profesionales sino en generadora de conocimiento. Queremos transmitir o queremos generar, o una mezcla de las dos cosas. Yo no me siento muy por la labor de la transmisión, no quiero que mis alumnos aprendan lo que yo les transmito (habrá que matizarlo esto en futuros artículos) sino que aprendan a que con esfuerzo y preparación se puede generar nuevo conocimiento, es decir, dar herramientas intelectuales más que destrezas y habilidades tal y como nos quieren casi imponer (por decirlo suavemente) con las nuevas ideas sobre las enseñanzas universitarias. Y ahora que me fusilen los pedagogos…




Los seres humanos no nacen para siempre el día en que sus madres los alumbran, sino que la vida los obliga a parirse a sí mismos una y otra vez.
Gabriel García Marquez
¿Cómo vas a ser optimista si lees el periódico? El mundo es el lugar del infierno; millones nacen para sufrir: no le importa nada a nadie. No soy un pesimista, soy un optimista bien informado.
José Saramago

 

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