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La vida nos mira y nos sonrie
Sobre la violencia y la ternura
Este post es una nueva entrega de la serie mirada al pasado, con la que recupero algunos manuscritos de hace casi veinte años y viene a cuento de lo que está escribiendo Hannah estos días.

Málaga, diecisiete de enero de 1990
Pudo ocurrir así. De pronto se sorprendía sintiendo una violencia inusitada dirigida hacia la persona que menos esperaba. Esa persona, que bien podría ser un hermano, un marido, una novia o un amante, no había hecho nada especialmente grave o al menos nada que no hubiera hecho antes y que no había provocado tal reacción. ¡Hay tantos sentimientos que no sabemos explicarnos! Este de la violencia parece ser uno de ellos. A veces pienso que es una actitud innata en el ser humano. En este sentido el ser “no violento” exige una actitud contraria y un esfuerzo (además de un entrenamiento para reprimir ciertos impulsos), ¿quién no es capaz de justificar en algún momento la violencia? Lo difícil no es justificarla sino explicarla. ¿Por qué en aquel momento sentía ganas de abofetearlo?
Justo al lado de este sentimiento (y muchas veces expresado con relación a la misma persona) se encuentra la ternura. Para el varón es más conveniente dejar manifestar la ternura sólo con los débiles y los niños. Pero esto es solo una carga más que se impone el varón que acepta el papel que la mayoría de su entorno cree que debe realizar. ¿Son la violencia y la ternura características propias de la especie humana? El creador del mito de Frankestein lo cree así. El hombre recién creado en estado adulto (en este caso resucitado) es capaz de lo más tierno (¿recordáis la escena con la niña?) y de lo más violento. ¿Por qué un padre que adora a su hijo pequeño siente a veces ganas de estrellarlo contra la pared? Puede que violencia y ternura sean sentimientos propios del ser humano, pero ¿son únicos de él? Hay animales a los que nos es fácil extrapolar nuestros sentimientos, los humanizamos. Por ejemplo: ¡qué tierno es ver a una perra con sus cachorros! o a una manada de leones con los suyos; el león o la leona violentos si es necesario para salvaguardar y alimentar a los jóvenes cachorros. Ya, ya, ¡pero que no intenten las crías comer antes! Una tortuga no nos parece violenta, pero tampoco nos la imaginamos enternecida; no digamos nada de una lagartija o una culebrilla. La violencia existe en la naturaleza, pero ¿es violenta en sí la naturaleza? La ternura es una forma mucho más elaborada de transmitir sentimientos, que parece más apropiada de primates que de otros mamíferos. Deberíamos, como buenos animales racionales capaces de casi todo, reprimir aún más los impulsos violentos hasta que dejaran de sorprendernos y dejar paso a la ternura, ¿pero por qué tendría esas ganas puñeteras de abofetearlo?
Un grupo de científicos alemanes acaba de publicar un interesante artículo en la prestigiosa revista Journal of Neuroscience que se titula Cambios estructurales inducidos por entrenamiento en el cerebro de los viejos (Training-Induced Brain Structure Changes in the Elderly), en este enlace podéis ver un breve resumen en inglés.
El mismo grupo ya había publicado un artículo anterior donde se describían cambios transitorios y muy selectivos en ciertas regiones cerebrales de voluntarios jóvenes sometidos a un entrenamiento de habilidades motoras. Ahora se trataba de ver si los mismos cambios se producen también en individuos más viejos y comparar los resultados con los del grupo joven.
La edad media de los voluntarios en este estudio es de 60 años (estaban comprendidos entre los 50 y los 70). Quizás en este caso traducir elderly por viejos es demasiado -sobre todo porque yo me tendría que incluir en el grupo-, pero hecha la aclaración ya sabemos a qué grupo de personas se refiere el artículo.
El entrenamiento de habilidades motoras al que fueron sometidos es curioso: hacer malabarismos con tres bolas. Ninguno de los voluntarios tenía experiencia previa en estos malabarismos, así que todos partían de las mismas condiciones.
El estudio en sí es interesante, demuestra, con los pertinentes controles, que el cerebro de los mayores sufre cambios relacionados con el entrenamiento en las mismas zonas que el cerebro de los jóvenes. Cuando un cerebro sufre cambios se habla de un fenómeno de plasticidad. Eso quiere decir que el cerebro tiene la capacidad de cambiar (ser plástico), de adaptarse a nuevas condiciones ambientales, y esta capacidad de cambio afecta no sólo a la función (se pueden hacer cosas distintas) sino también a la estructura (al tamaño o volumen de una determinada región cerebral, al número y tipo de conexiones de las células de esas regiones, o incluso a la aparición de nuevas células en algunas zonas concretas).
Los cambios son reversibles, de tal manera que después de un tiempo sin hacer malabarismos el cerebro vuelve al mismo estado de antes de hacer los ejercicios. Es otra consecuencia de la plasticidad: si se cambia en un sentido se puede cambiar en el contrario.
Lo que me ha resultado interesante de la investigación es un resultado que se produce exclusivamente en el cerebro de los mayores y no se produjo en el de los jóvenes. Dos regiones cerebrales sufrieron cambios específicos en el cerebro de los viejos: el hipocampo y el núcleo accumbens (los nombres sólo interesarán a algunos; los pongo para ellos). Lo que hay que explicar es que el hipocampo está relacionado con el aprendizaje (memoria y aprendizaje, fundamentalmente relacionado con el espacio que nos rodea, algo así como aprender a situarnos en el espacio, pero también algo de aprendizaje motor como se puede ver en este artículo), y lo que es más curioso aún es que el núcleo accumbens está relacionado con sistemas de recompensa en el cerebro: cuando alguna situación nos resulta reconfortante (o al contrario) se produce actividad en el citado núcleo.
Inmediatamente me he preguntado: ¿será que los viejos de esta investigación se reconfortaron más porque fueron capaces de hacer una actividad para la que no se creían capacitados? Es posible. Si a mí me hacen aprender malabarismos a mi edad es posible que me sienta más contento que si se lo hacen aprender a un joven de veinte años, para él puede ser una cosa más, para mí un logro.
La moraleja de este estudio es que conforme uno se hace mayor no debe de dejar de hacer cosas nuevas, es más debe hacer muchas más cosas nuevas y no parar porque si se para volvemos al estado inicial. No recomiendo especialmente ninguna actividad física pero sí aquellas que requieran coordinación y equilibrio, sean malabarismos o bailar salsa o hacer deporte. Nuestro cuerpo lo agradecerá y nuestro cerebro también.
El miedo, siempre el miedo
Hay cosas en la sociedad que son difíciles de encarar pero me temo que mirar para otro lado no nos va a servir de mucho. Los problemas sociales no se solucionan solos -los personales tampoco, pero en estos podemos dejar correr el tiempo que algo cura- y lo que sí puede pasar es que por no acudir a tiempo la solución sea mucho más difícil y traumática. Estos días estamos pendientes de algunas controvertidas medidas del gobierno italiano con respecto a los inmigrantes en aquel país, lo que se ha traducido en algunas ciudades como Nápoles en una verdadera persecución hacia los gitanos (en este caso mayoritariamente de origen rumano) que viven en la zona.
La xenofobia es algo de lo que a menudo no gusta hablar porque a poco que nos descuidemos sale a relucir lo peor de nosotros mismos. Se nos llena la boca de decir que todos los hombres somos iguales pero a la hora de la verdad hay sentimientos ocultos que nos hacen sentir mejores que los demás. Quizás es que hemos confundido algo los conceptos. Lo que voy a decir puede sonar raro pero trataré de explicarme. Yo no creo que todos seamos iguales. Así dicho parece una barbaridad pero si leéis lo que pienso sobre el ser humano puede que se comprenda mejor. Cada persona es lo que es, conjunto de su yo y su circunstancia -me gusta mucho ese aforismo de Ortega-, y como parte del yo está el cuerpo y la mente, y como parte de la circunstancia están la cultura y las relaciones con los otros seres humanos y con el medio en el que vivimos. Así que cada uno es distinto al otro. Ninguna persona es igual a otra.
Lo que ocurre es que normalmente los condicionamientos culturales y las relaciones con el medio nos hacen que nos parezcamos más entre los que compartimos cultura y vecindad. También hay un componente genético que hace que tiendan a parecerse más los que están más relacionados genéticamente, el caso más claro lo tenemos con los gemelos pero es lo mismo que les pasa a los grupos sociales menos propensos a mezclarse con otros (condicionamiento cultural) o incluso a los miembros de las casas reales de la antigüedad (aquellos reyes pintados por Goya, qué caras…).
Pero una cosa es que no todos seamos iguales y otra es que no todos tengamos los mismos derechos. Ahí es donde hay que insistir e insistir hasta que cale hondo en nuestra sociedad. No puede ser que los que ostentamos unos derechos se los neguemos a otros. La forma en que yo me he educado puede colisionar frontalmente con las formas en que se han educado otros, y puede que haya cosas que nos repelan mutuamente. Solo hay que pensar en las cosas que comemos que para unos son de lo más normal y para otros producen náuseas, y no voy a poner ejemplos.
Como los seres humanos somos gregarios por naturaleza tendemos a reconocer a los miembros de nuestra tribu (y empleo la palabra tribu en sentido muy amplio) y por lo tanto también reconocemos a los que no lo son (visualmente es a veces relativamente fácil distinguir a grupos de seres humanos que históricamente han formado parte de las mismas tribus). Y además de gregarios tenemos consciencia de nuestros miedos. Los animales sienten miedo, el miedo entendido como una respuesta aprendida ante un estímulo potencialmente peligroso. Visto así es algo natural. Los animales evitan de esta manera las situaciones de peligro, y los circuitos cerebrales responsables de esas respuestas son conocidos y objeto de intenso estudio.
Sin embargo, el ser humano es capaz de sentir miedo ante representaciones abstractas o simbólicas de situaciones potencialmente peligrosas. Y en esto entra también la cultura. Sentir miedo no es bueno ni malo, es una reacción natural. Las respuestas que somos capaces de producir como consecuencia de ese miedo sí pueden ser éticamente reprobables. Si, por ejemplo, una persona de piel blanca entra en un barrio en que todos los que le rodean son de piel negra, es lógico que sienta miedo -se ve distinta y en minoría, los simios somos así-, pero ello no le legitima para atacar al primero que se le acerque. Esto parece claro, y sin embargo el miedo nos lleva a menudo a respuestas muy violentas y que de ninguna manera debemos exculpar.
Y después están los que gestionan el miedo con intenciones políticas. Detrás de ello siempre están las personas que se sienten superiores a las demás y que se valen del caldo de cultivo que son los problemas reales de la sociedad -y que muchas veces ellos y otros como ellos han contribuido a que existan: pobreza, marginación, falta de libertades…-, para hacer el discurso de la represión en aras de la seguridad. Siempre que se relaciona inmigración con falta de seguridad estamos ante una gestión del miedo de este tipo. Digámoslo alto, no por ser inmigrante, gitano, rumano, árabe, negro, o lo que sea se es potencialmente peligroso y por tanto hay que guardarse de ellos o perseguirlos. Ya está bien de que manejen nuestros miedos. No miremos para otro lado y nos dejemos convencer de que lo hacen por nuestro bien. Lo hacen porque ven peligrar un statu quo de dominación que les viene muy bien.
Y esta gestión del miedo no es patrimonio de la ultraderecha (que en el caso de Italia se ve reflejada en el gobierno de Berlusconi por los integrantes de la Liga Norte), sino que es lo mismo que hace cualquier grupo terrorista de los que pululan por el mundo. Las explicaciones intelectuales -por llamarlo de alguna manera- que dan a sus acciones pueden estar disfrazadas de discursos que pueden parecer razonables, que si la opresión del pueblo tal, que si la lucha de religiones, en fin ya lo sabemos, pero de lo que se trata es de que unos individuos se creen superiores a otros y gestionan el miedo -el terror- de todos nosotros para conseguir sentirse superiores. Fascismos y terrorismos van de la mano, manejan nuestros miedos.
Cuerpo y mente y espíritu (II)
Como dije que escribiría más sobre el tema ahora tengo que cumplir, quién me mandaría a mí meterme en estos berenjenales…
Menos mal que tengo el espíritu sereno después de un fin de semana inmejorable con unos amigos en los patios de Córdoba. Qué cosa más bonita de ciudad y qué patios tan bellos y cuidados. A veces no somos conscientes de la belleza que tenemos tan cerquita de nosotros. Total, que el fin de semana ha sido de los que reconfortan el espíritu y es evidente que esto viene muy a cuento de lo que estoy tratando. Cosas como la belleza, la amistad, la alegría del buen comer y beber, el amor, todas tienen que ver con esa parte específicamente humana de la vida y a la que algunos han llamado espíritu.
En relación al libro que estaba comentando, decía que al parecer los autores ven bien esta separación en tres partes de lo que tiene que ver con el ser humano: cuerpo, cerebro y espíritu, y que así podían decir que lo que nos diferencia de los animales es el espíritu. Así evitan la palabra alma que en principio puede resultar casi sinónimo de espíritu pero que ellos no lo consideran así. Yo no creo que sea prudente hacer más divisiones de lo que es el hombre. La dualidad cuerpo-alma ya era objeto de estudio y de reflexión en el mundo griego casi quinientos años antes de nuestra era cristiana. Platón en concreto reflexionaba en sus diálogos sobre ello, y el cristianismo retoma y reconduce a su manera la idea de dos partes (o dos naturalezas) la parte material y la parte espiritual; la parte material sería el cuerpo que forma parte de la naturaleza perceptible, lo podemos ver con los sentidos, y la parte espiritual, el alma que forma parte de la naturaleza intangible.
Siempre me ha parecido que el cristianismo entendió pobremente las ideas de Platón, y yo no tengo tampoco la capacidad de comprender todo lo que dejó escrito -qué más quisiera yo-, pero en el fondo me da la impresión de que en su afán por explicar las cosas desde el punto de vista de la filosofía había en esa dualidad más un interés pedagógico que una concepción claramente dicotómica de la naturaleza humana. Y claro, con el tiempo empezaron las discusiones bizantinas de que si los animales tienen alma o sobre dónde van las almas de los que mueren (porque con el cuerpo sabemos lo que pasa, ahí no nos pueden dar gato por liebre). Pero así es el cristianismo, si no es la dualidad cuerpo-alma es la doble naturaleza de Jesucristo (hombre-dios) o si no es la trilogía divina católica que son tres y a la vez uno. Esto forma parte de nuestra cultura y es difícil que no impregne de alguna manera los pensamientos sean filosóficos o puramente biológicos sobre el hombre.
Intentaré no perder el hilo. Para mí separar el cuerpo y el cerebro (o la mente que podemos considerarla como función cerebral) no tiene mucho sentido. El cerebro es una parte más del cuerpo, un órgano que no es esencial para la vida (no lo es para la vida, sí para nuestra vida) pero que compartimos muchos animales. Y el cerebro de los mamíferos es distinto al del resto de los vertebrados. Como es distinto puede hacer más cosas, es decir la función cerebral es más compleja en los mamíferos que en otros vertebrados. Y la función cerebral en el caso del hombre es mucho más compleja que en nuestros parientes primates más próximos. ¿De dónde sale esa capacidad especial que tiene nuestro cerebro? No es algo demasiado evidente, eso hubiera sido fácil de ver y de estudiar. No hay células especiales ni regiones nuevas. Hay más células y las regiones son más complejas en determinadas partes, y de todo ello emergen unas capacidades que nos distinguen de otros animales.
El caso es que estas capacidades -obvio es decirlo- no son indispensables para la vida pero como entre ellas existe la capacidad de pensamiento abstracto, pues aquí nos tenemos intentando establecer diferencias entre lo humano y lo que no lo es: el espíritu. Yo podría estar de acuerdo si se trata de una enumeración igualmente pedagógica para explicarnos a nosotros mismos que no somos iguales que otros animales cercanos filogenéticamente (porque nadie se compara con un pulpo, por ejemplo). Pero si de lo que se trata es de pensar sobre el sentido de la vida, o sea sobre la vida misma, el concepto espíritu no me interesa en absoluto. Hay que intentar ver la vida no desde el punto de vista humano, ni siquiera humanístico, los hombres no somos el centro de la vida, somos una especie que tiene unas capacidades cerebrales especiales, pero todo ello deriva de la función cerebral nada más, por eso creo que el espíritu puede servir para describir al menos parte de esas funciones pero no para sentirnos como que la vida tiene sentido para que exista el hombre.
Desde un punto de vista biológico somos una forma más de vida -ahora no digo una especie porque el concepto especie es un concepto que hemos desarrollado nosotros-, que no tiene más sentido (ni remedio) que vivir, lo mismo que hace una bacteria, un caracol, una lombriz o nuestra querida mascota. Me gusta más el concepto de unicidad, soy lo que soy (no “soy el que soy”, esto es distinto), porque le permite a uno ir haciéndose (en esto estoy totalmente de acuerdo con las tesis que expone José Luis Sampedro en el libro, muchísimo más que con lo que expone Valentín Fuster). Ese crecer, o ese construirse si admitimos que la construcción no para de hacerse, es lo que distingue al hombre de otras formas de vida. Tenemos ciclos iguales que las demás formas de vida, nacemos, vivimos, morimos, pero mientras vivimos podemos crecer como personas, podemos construirnos hasta el momento de la muerte en que ya no habrá más posibilidad de crecer como persona. Esa es nuestra responsabilidad y nuestra carga.
Cuerpo y mente y espíritu (I)
Estoy leyendo el libro que han escrito a medias José Luis Sampedro y Valentín Fuster, La ciencia y la vida, y son tantas las cosas que me gustaría comentar que ni siquiera puedo esperar a terminar de leerlo. Es un libro atípico porque se basa en la transcripción de las conversaciones que tuvieron los dos autores durante tres días hablando de muchas cosas. Casi desde las primeras páginas me entraron ganas de estar allí presente, qué envidia me da cualquier persona que pasara por alli y pudiera escucharlos, qué alegría que se decidieran a publicar este libro. Los dos son admirables en sus respectivos campos, y yo ya había disfrutado con los libros de José Luis Sampedro y con cada una de sus apariciones en los medios. De Valentín Fuster conocía su trayectoria como cardiólogo, probablemente el cardiólogo más reconocido hoy en el mundo.
Todo lo que dicen es interesante, lo comparta uno o no, y es indudable que son planteamientos que cada uno de ellos ha meditado y elaborado a lo largo de su vida. Otro día hablaré de la felicidad y de los caminos que pueden llevar a ella que es uno de los temas que tratan, hoy quiero centrarme en lo que hace referencia el título de este artículo.
En un momento de sus charlas, sale a colación el considerar que los hombres tenemos un cuerpo y una mente (o cerebro) que compartimos con los demás animales, y además un espíritu que es propio de nosotros. Es una idea interesante porque evita la dualidad cuerpo-alma que tan arraigada está en nuestra cultura, aunque a costa de añadir otro elemento más, ahora tenemos un trinomio en lugar de un binomio y no estoy muy seguro de que ganemos con ello. La idea central es que el cuerpo y la mente se encargan de lo puramente animal, que ellos definen como supervivencia, y que el espíritu es el que puede hacer cosas que solo nosotros podemos hacer.
Después hablaré del espíritu; lo que me llamó la atención es la idea de supervivencia. Esto supone que los animales hacen las cosas para sobrevivir. Es una idea muy extendida y admitida: si un león se come a una cebra es porque tiene que alimentarse para sobrevivir, no tiene más remedio. Es como darle un sentido a la vida, la vida consiste en sobrevivir y perpetuarse, o sobrevivir para poder perpetuarse que viene a ser otra de las concepciones más en boga. ¡Qué más quisiera yo que tener respuestas a estas cosas! El sentido de la vida, vaya preguntita…
Como es una pregunta a la que podemos contestar de manera distinta según sea la creencia o la formación que tengamos, es lógico que haya distintas maneras de enfocarla. Yo por más que he intentado encontrar respuestas a nivel celular me siento incapaz de pensar otra cosa que el sentido de la vida es vivir. No sobrevivir, sobrevivir implica ya una carga emotiva, una toma de decisiones que empujaría a los seres vivos a seguir vivos a pesar de las condiciones adversas del medio. Es decir, yo no creo que el león come cebras porque si no come se muere, no, come porque está vivo y los seres vivos se alimentan, con cebras o peces o materia orgánica o lo que sea. Parece una tontería pero para mí no lo es. Porque de ahí nacen muchas hipótesis que abonan la idea de que la lucha por la supervivencia es lo que mueve la vida.
La supervivencia parece indicar que consideramos al medio natural en el que estamos como algo ajeno y, a menudo, adverso. No será tan adverso cuando en ningún otro sitio conocido se desarrolla vida como la nuestra. Y si no es el medio, son los otros seres vivos los que acarrean peligro. Por ejemplo, para un boquerón (o sardina o arenque o besugo o atún, que igual leen esto en otros lugares que no sea Málaga) el medio marino no debería ser peligroso -se mueve como pez en el agua-, pero sí lo son otros peces que pueden comérselo (no hablo de la pesca en este momento). Así que si no es la lucha contra el medio adverso sería la huida de los depredadores para evitar ser comido, y a la vez el boquerón se necesitaría alimentar de otros seres vivos para perpetuarse, y así tenemos una idea de la vida en la que la supervivencia se coloca en un lugar primordial de la existencia.
Puede parecer ingenuo el planteamiento pero yo creo que los seres vivos no pueden hacer otra cosa que vivir. Una célula como es un ser vivo se nutre, intercambia energía con el medio, se comunica con el medio y con otras células, y unas pocas cosas más que se derivan de éstas. Lo mismo hacemos nosotros, seres vivos más complejos. Es como llevar el yo soy yo y mis circunstancias orteguiano a la biología. Las circunstancias son tanto el medio como los demás seres vivos, que forman parte uno y lo otro de lo que cada ser vivo es. No es luchar por la supervivencia, es vivir la vida en el medio que tenemos y con los seres vivos que comparten existencia con nosotros.
Como probablemente me explico muy mal, tendré que seguir…
Homo sapiens, homo violentus
Hoy quisiera reflexionar en este blog sobre algo a lo que no encuentro buenas respuestas por muchas vueltas que le dé: la violencia en el ser humano. No es un tema fácil de comprender y yo siempre quiero comprender lo que veo, no lo puedo remediar. Aceptamos como algo natural tantas manifestaciones de violencia que al final parece que es una característica más de nuestra especie. Y yo me niego a eso. No veo razón alguna como biólogo para admitir la violencia que continuamente padecemos o hacemos padecer como seres humanos. Estamos conviviendo con escenas no ya violentas sino brutalmente violentas de una forma cotididiana, a mí me faltan manos para intentar cambiar de canal de televisión cada vez que miro un informativo y están mis hijos delante. No hay manera de mantenerse informados si no tragamos una dosis diaria de violencia que raya en lo perverso -ya me imagino qué pasaría si en vez de imágenes de violencia explícita, con tremendas dosis de sangre, nos pusieran imágenes explícitas de sexo, que debe ser tan cotidiano como lo otro-.
Sí ya sé que los medios sólo reflejan lo que existe -aunque habría que matizar, porque me da la impresión de que algunas al menos de las imágenes que vemos se producen expresamente para salir en los medios-, y que mirar para otro lado no nos va a librar de la violencia, y que lo que esos medios nos venden es que precisamente son imágenes aleccionadoras de lo que puede ocurrir y que sensibilizan a la población, y que en parte gracias a ellos existen tantas oeneges que se preocupan de los más débiles y desfavorecidos. Bien, ese discurso ya me lo sé, y lo acepto en parte. Lo que a mí me preocupa saber es si la violencia forma parte de la esencia de la especie humana.
En ese sentido flaco favor ha hecho a nuestro pensamiento la divulgación de ciertas ideas relacionadas con la teoría de la evolución tal y como la entienden los darwinistas. El concepto de selección natural aparece no casualmente en el contexto de la visión victoriana del mundo en el siglo XIX inglés. Y ha sido tal el éxito de la teoría darwiniana que hemos interiorizado en nuestro pensamiento conceptos como selección del más fuerte, del más apto, lucha por la supervivencia, lucha de los más fuertes por la procreación para así preservar sus genes. Todo esto es asumido de una forma natural por casi todos nosotros, y aun más en los medios académicos. Yo no lo veo claro.
No se puede negar el hecho de que en la naturaleza existe la competencia. Y esto ayuda a comprender muchas adaptaciones que vemos en las especies. Pero el discurso de la selección del mejor llevado a sus últimas consecuencias es muy peligroso, además de falso. Nos llevaría a aceptar la violencia como uno más de los recursos de los que se pueden valer los más aptos para perpetuarse, o sea, la violencia como algo inherente a la vida, no ya al ser humano. Y para que nos acostumbremos a la idea nos enseñan a menudo en programas sobre la naturaleza lo violentos que son los animales, y muchos documentales se recrean en la aparente violencia gratuita de depredadores de todo tipo para con sus presas (la famosa orca con las pobres focas, que ya la hemos visto cientos de veces).
Pero si la violencia fuera inherente a la especie humana, ¿dónde residiría? Está claro que en el cerebro, no va a ser en el hígado o en el bazo (y no hablo de creencias, que ya sé que en determinadas culturas el hígado es un órgano en el que residen muchas funciones que nosotros atribuimos al cerebro). Es cierto que se pueden estimular por medio de electrodos ciertas zonas del cerebro y producir respuestas que podrían estar relacionadas con la violencia, estas respuestas van desde el miedo a la agresividad. En monos se ha hecho -se hizo hace bastantes años, no conozco investigaciones de este tipo que se hagan actualmente, aunque no lo podría descartar-. Pudiera ser por tanto que individuos con alguna malformación en esas zonas fueran especialmente proclives a respuestas violentas. De acuerdo, es una posibilidad que podría estudiarse. Pero de ahí a admitir que la violencia esté tan presente en nuestras vidas, que ya no solo a nivel personal sino colectivo seamos capaces de generar tanta violencia me parece imposible de comprender. Otra cosa es que haya quienes manejan perfectamente las debilidades humanas. Y manejan guerras, mafias, terrorismos… Esos sí que representan lo más perverso de la especie humana.
Es imposible para mí tratar un tema tan complejo en un solo apunte de este blog, y no sé si sabré aportar algo que tenga un mínimo sentido, pero no quería que pasara una fecha como la de hoy, en la que se cumplen cuatro años del tremendo atentado terrorista del 11M, sin reflexionar sobre la violencia en el ser humano. Y con la reflexión, el recuerdo y el homenaje a todas las víctimas, especialmente encarnado en la figura de la presidenta de la asociación de víctimas del 11M, Pilar Manjón. Mi recuerdo y mi respeto.
Vivir-morir con dignidad
Hoy he leído en el periódico El País un artículo titulado Una muerte digna que me ha emocionado profundamente. Recomiendo su lectura porque se trata de un testimonio valiosísimo sobre lo que pasa en el seno de una familia cuando se tiene que enfrentar a lo inevitable de la muerte de un ser querido. El autor del artículo, Jorge M. Reverte, lo dedica al doctor Luis Montes y a sus compañeros del hospital de Leganés que han soportado durante mucho tiempo la infamia orquestada en su contra por unas supuestas sedaciones irregulares de las que han quedado totalmente exonerados por la justicia.
Me parece muy valiente por parte de la familia Reverte contar en estos momentos cómo transcurrieron los últimos meses de la vida de Josefina Reverte. Aunque haya pasado tiempo el dolor por la pérdida de alguien querido no desaparece, se mitiga pero nunca llega a desaparecer del todo, cambia su forma, pasa de la desesperación a la melancolía que es una forma de dolor más llevadero, casi cotidiano. En esa transformación del dolor insoportable hacia el dolor melancólico nos ayuda mucho recordar los últimos momentos de esa vida como algo que podamos definir como una muerte digna. Hoy por hoy, todavía solo unos pocos privilegiados tienen la oportunidad de esa muerte digna -me refiero a la humanidad en su conjunto, no solo al caso español-. Pero aquí incluso hay sectores con poder (poder político, poder mediático, poder religioso, y todas sus mezclas y variaciones) que niegan el derecho a morir dignamente, o por lo menos ponen todas las trabas que pueden. Por ejemplo, confundiendo términos: a menudo se pretende meter en el mismo saco la eutanasia, sea activa o pasiva, con la atención y la ayuda a los enfermos terminales cuando el médico ya sabe que van a morir, que el proceso es irreversible y rápido, para que esa muerte sea lo más digna posible.
Yo siempre prefiero pensar que lo que hay que hacer es vivir con dignidad, vivir toda la vida con dignidad, y se vive toda la vida hasta el momento de la muerte, aquí no hay graduaciones, hasta que no mueres estás vivo. Y yo quiero vivir con dignidad hasta ese momento, no quiero que nadie en función de sus creencias religiosas o de sus ideas políticas o de sus intereses partidistas determine el grado de dolor que tengo que soportar y hacer soportar a los mios en el momento de la muerte. Y quiero que profesionales de la sanidad -como el doctor Montes y sus compañeros pero también he conocido a otros que trabajan en cuidados paliativos con la misma dedicación- me ayuden en ese momento. Ellos viven con dignidad, los que no viven con dignidad son los que utilizan la infamia contra cualquiera que no comulgue con sus ideas, los que usan la doble moral para medir -públicamente repudian cualquier acción que se aparte de su moral pero en lo privado siempre buscan lo que todos queremos-. Viven indignamente los que con su hipocresía disfrazada de amor supremo a la vida, se valen de nuestros miedos, fundamentalmente nuestro miedo irracional hacia la muerte, para intentar controlar nuestras vidas. Viven indignamente los que obstaculizan cada paso que da la sociedad hacia la conquista de derechos que son fundamentales para que podamos reconocernos como personas.

