Las navidades de un ateo

Están pasando estas fiestas de una manera normal. Y cuando digo normal me refiero a que ocurre todo lo que se espera, comidas, reuniones familiares, compras, más comidas, y cosas así. Para muchos las navidades son un engorro, unas fiestas a las que no encuentran sentido alguno, o unas fechas llenas de nostalgia cuando no de pena por la falta de algún ser querido que precisamente en estas fechas se añora más. Para los que nos declaramos ateos la navidad carece lógicamente de sentido, y no es más que una parte del año en que disfrutamos de vacaciones, o sea algo muy parecido a lo que siente la mayoría de la gente, porque, no nos engañemos, hoy día es una minoría la que verdaderamente vive el sentido cristiano de la navidad. Yo no tengo nada en contra de estas personas, fui educado conforme a los principios de la religión católica y nada de su liturgia me es ajeno. Pero cada vez me siento más alejado de la jerarquía que preside y dirige las conciencias y el actuar de los católicos. Los ateos procuramos no molestar, no creemos y punto, no tenemos necesidad de hacer acólitos. Tampoco vamos haciendo bandera de nuestra no creencia, así que hasta que no me preguntan directamente no digo que lo soy. No es un tema del que sienta necesidad de hablar ni del que tenga que dar muchas explicaciones, entra dentro de mi intimidad y deseo que se me respete como yo lo hago con los demás.

Sin embargo, estos días un par de actuaciones de la jerarquia eclesiástica católica me han sentado mal. Una de ellas es muy repetida y forma parte esencial de esa liturgia tan especial de los católicos que les acarrea no pocas críticas. Me refiero a varias de las celebraciones en el vaticano con toda la pompa y boato a las que nos tienen acostumbrados. ¿Y ése se supone que es el representante de su dios en la tierra? ¿Tanto oro, joyas, vestidos y parafernalia hacen falta para predicar su mensaje, que por otra parte suele ir dirigido a los más necesitados? Bueno, es un fenómeno antiguo y estudiado que los signos de poder (y los del vaticano lo son) enaltecen a las masas, pero no deja de sorprenderme que siga usándose por quien se dice seguidor de las enseñanzas del hijo de un carpintero. No puedo justificarlo de ninguna manera, y me siento culpable por participar de unas fiestas que contribuyen (cada vez menos es la verdad) a que se mantenga el statu quo de la jerarquia católica.

La segunda de las actuaciones es la de los obispos y cardenales españoles congregando a sus fieles seguidores a una concentración con claras connotaciones políticas en contra del gobierno socialista. En defensa de la familia dicen. En contra de la ley del aborto y de los matrimonios homosexuales, y de cualquier forma de unión no bendecida por la iglesia (que por lo visto es única). Bien, aparentemente nada que objetar ya que decimos que en democracia se pueden defender ideas distintas (que no todas, no señor) siempre que sea mediante procesos democráticos. Vale, una manifestación más entonces. Pero no es así, los dirigentes católicos quieren poder y quieren presionar ahora que vienen elecciones ya que piensan que eso es bueno para sus intereses. Pero no deja de ser de lo más vil, hipócrita y contrario a todo lo que predican señalar lo que ellos creen que es malo en unos casos y mirar para otro lado en muchos otros. ¿O no era la misma ley despenalizadora de algunos supuestos de aborto la que existía cuando gobernaba el PP? O cuando hace falta mirar para otro lado para que una divorciada se vuelva a casar por la iglesia, si la divorciada va a pertenecer a la familia real. O cuando se anuncia que la hermana de ésta va a tener un hijo y se dice que tiene pareja que no marido, o sea un hijo fuera del matrimonio, algo que quiebra al parecer de los obispos y cardenales católicos la esencia de la familia. Que quede claro que a mí me parece normal que cada uno tenga los hijos que quiera con quien quiera, y que las personas se divorcien o no, y que se casen o vivan en pareja personas del mismo sexo. Pero si tan grave les parecen todas estas cosas a los dirigentes católicos (los llamo así ya que se comportan como los políticos), por qué no las denuncian en todas las ocasiones. Miramos para otro lado…

Total, que una vez más se mezcla en estas fechas la fiesta con la religión, pero como casi siempre en mi gusto queda un sabor agridulce entre el consumismo, lo más naif del catolicismo, y el ansiado descanso (deseado desde que terminan las vacaciones de verano) que nunca llega a saborearse del todo.

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