Vivir-morir con dignidad

Hoy he leído en el periódico El País un artículo titulado Una muerte digna que me ha emocionado profundamente. Recomiendo su lectura porque se trata de un testimonio valiosísimo sobre lo que pasa en el seno de una familia cuando se tiene que enfrentar a lo inevitable de la muerte de un ser querido. El autor del artículo, Jorge M. Reverte, lo dedica al doctor Luis Montes y a sus compañeros del hospital de Leganés que han soportado durante mucho tiempo la infamia orquestada en su contra por unas supuestas sedaciones irregulares de las que han quedado totalmente exonerados por la justicia.

Me parece muy valiente por parte de la familia Reverte contar en estos momentos cómo transcurrieron los últimos meses de la vida de Josefina Reverte. Aunque haya pasado tiempo el dolor por la pérdida de alguien querido no desaparece, se mitiga pero nunca llega a desaparecer del todo, cambia su forma, pasa de la desesperación a la melancolía que es una forma de dolor más llevadero, casi cotidiano. En esa transformación del dolor insoportable hacia el dolor melancólico nos ayuda mucho recordar los últimos momentos de esa vida como algo que podamos definir como una muerte digna. Hoy por hoy, todavía solo unos pocos privilegiados tienen la oportunidad de esa muerte digna -me refiero a la humanidad en su conjunto, no solo al caso español-. Pero aquí incluso hay sectores con poder (poder político, poder mediático, poder religioso, y todas sus mezclas y variaciones) que niegan el derecho a morir dignamente, o por lo menos ponen todas las trabas que pueden. Por ejemplo, confundiendo términos: a menudo se pretende meter en el mismo saco la eutanasia, sea activa o pasiva, con la atención y la ayuda a los enfermos terminales cuando el médico ya sabe que van a morir, que el proceso es irreversible y rápido, para que esa muerte sea lo más digna posible.

Yo siempre prefiero pensar que lo que hay que hacer es vivir con dignidad, vivir toda la vida con dignidad, y se vive toda la vida hasta el momento de la muerte, aquí no hay graduaciones, hasta que no mueres estás vivo. Y yo quiero vivir con dignidad hasta ese momento, no quiero que nadie en función de sus creencias religiosas o de sus ideas políticas o de sus intereses partidistas determine el grado de dolor que tengo que soportar y hacer soportar a los mios en el momento de la muerte. Y quiero que profesionales de la sanidad -como el doctor Montes y sus compañeros pero también he conocido a otros que trabajan en cuidados paliativos con la misma dedicación- me ayuden en ese momento. Ellos viven con dignidad, los que no viven con dignidad son los que utilizan la infamia contra cualquiera que no comulgue con sus ideas, los que usan la doble moral para medir -públicamente repudian cualquier acción que se aparte de su moral pero en lo privado siempre buscan lo que todos queremos-. Viven indignamente los que con su hipocresía disfrazada de amor supremo a la vida, se valen de nuestros miedos, fundamentalmente nuestro miedo irracional hacia la muerte, para intentar controlar nuestras vidas. Viven indignamente los que obstaculizan cada paso que da la sociedad hacia la conquista de derechos que son fundamentales para que podamos reconocernos como personas.

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