Tiempo de confusión para un rojo

Llevo unos días alejado del blog porque ciertamente estoy confuso. Llega el momento de elegir y no me decido a querer participar siquiera. Por más que pienso en ello no veo claro qué opción voy a elegir. Sé lo que no quiero -que es casi todo lo que me ofrecen-, pero como ocurre cada vez que hay elecciones, me planteo un dilema que parece que solo nos pasa a los que somos de izquierdas, aquello del voto útil, o inútil. Por supuesto que lo que interesa a los partidos minoritarios de izquierda es que no caigamos demasiados en la tentación de dar un sentido utilitario al voto, o sea, votar al partido que creamos que puede hacer un cambio real en la política, en el sentido de progreso hacia una sociedad más libre, igual y justa, aunque esos cambios se queden cortos o no vayan produciéndose a la velocidad que quisiéramos. Frente a este voto posibilista, está la opción de votar a las opciones minoritarias para que tengan la suficiente fuerza representativa con la que contrarrestar los pasos dubitativos de la izquierda más moderada. Esto último es por lo que en definitiva parece apostar Izquierda Unida, con su campaña centrada en conseguir más izquierda. Se nos ofrecen para que los socialistas no tengan que pactar con los nacionalistas sino con ellos. Siempre el mismo dilema para las minorías, no aspiran a gobernar pero sí a ser necesarios. Mi problema es que nunca llego a ver claro el mensaje de Izquierda Unida. No entiendo gran parte de sus actuaciones durante la legislatura, y eso me pesa al valorar su programa electoral. Si no tuvieran esa historia reciente un poco turbulenta entre los intereses del partido comunista y los otros integrantes de la coalición -y si yo no tuviera buena memoria y no me acordara de aquello que se llamó “la pinza” y de lo que en Andalucía conocimos como “el sorpasso”-, quizás mi elección estaría cantada. Pero no es así. La izquierda (yo a la socialdemocracia no estoy por llamarla izquierda) sigue teniendo sus profundas contradicciones que no han sido resueltas desde la pérdida de identidad de los partidos comunistas al desintegrarse la Unión Soviética. Y muchos nos hemos quedado huérfanos de programas de progreso. Y de un partido capaz de aglutinar verdaderas ilusiones por un cambio profundo en las reglas del juego. Por supuesto que esta es solo mi opinión -no debería hacer falta que lo explique- pero desde hace varias elecciones no encuentro nada que merezca la pena.

Y no estoy hablando de los políticos, que en eso está bastante extendida la idea de su baja calidad. Solo hay que ver los índices de valoración que tienen. Pero a ellos les da igual. Son profesionales. Si al menos hubiera alguien verdaderamente gracioso haciendo campaña. Eso sería un valor añadido. Siempre me acuerdo de Julio Anguita como ejemplo de político que defendía a muerte su programa, programa, programa. Pero muy gracioso la verdad es que no era. Lo era mucho más su guiñol, como en todos los demás casos. Fantásticos los guiñoles, y el que tenga la oportunidad de escucharlos en la Ser los viernes por la mañana a eso de las nueve y media que lo haga, que son geniales. ¿Ves?, a esos sí que dan ganas de votarlos. Y no es broma, el análisis que hacen de la situación política y de los políticos es buenísimo. Y hay dos humoristas gráficos que también lo bordan, dos maestros: Forges y El Roto. Se puede ser rojo y gracioso, acuérdense de Gila. Pero si a ser rojo puede uno aprender (a base de hostias, claro), a ser gracioso me parece que no.Y cada vez que veo a Llamazares intentando una nueva ocurrencia, se me quitan las ganas de todo.

Hasta Fidel Castro es más gracioso que todos los que tenemos por aquí (¿se acuerdan de Paco Frutos?), va y se retira (Fidel en este caso), los de USA dicen que ahora ya podrá haber cambios en Cuba, y él escribe que le parece bien que haya cambios, pero que los hagan en Estados Unidos. Esta es una de las contradicciones mayores que padecen (padecemos) muchos rojos: el reconocimiento más o menos explícito de que Cuba es una dictadura injustificable en el mundo actual, y la admiración por la figura de Fidel. Y tiene que aparecer justo en campaña electoral. Más confusión para los rojos. Menos mal que le han dado el Oscar a Javier Bardem que tiene al menos pinta de rojo. ¿Será suficiente para movilizar a los rojos confusos?

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