Lo que queremos, lo que quisiéramos

Una de las primeras cosas que he hecho esta mañana ha sido escuchar la música de Paco de Lucía, así empezó de bien este domingo. Su disco Siroco, un disco que suena a flamenco pero suena a flamenco de Paco de Lucía. Es del año 1987 y sigue siendo moderno. Con el flamenco me pasa como con el jazz, que me suele gustar más lo que más se acerca a lo que es esencial, sin embargo de vez en cuando surge una figura que sí evoluciona de verdad algo, no sólo que lo hace a su manera sino que inventa nuevos caminos que iluminan y alimentan a muchos otros que vienen después. Y no descubro nada si digo que Paco de Lucía es uno de esos. Lo llamamos genio de la guitarra flamenca, lo mismo que a otros hemos llamado genio de la pintura o del cine o de la danza.

Pero me acordé pronto que hace solo unos días leí unas declaraciones de Paco de Lucía en las que venía a decir que se sentía preso de la guitarra, que le gustaría poder apartarse alguna vez de ella, porque ha vivido para ella. No sé si serían así exactamente porque el medio en el que leí esto no es de los más estrictos a la hora de publicar noticias pero no debían de andar muy descaminadas.

Y es que a muchos nos gustaría tocar la guitarra como Paco (o como Tomatito o Vicente Amigo si de la guitarra se trata), y cantar y bailar y pintar y escribir y muchísimas más cosas y para todas ellas encontraríamos un referente. Pero de lo que nos olvidamos casi siempre es de lo que hay detrás de todos los artistas a los que admiramos por su éxito, su enorme dedicación y sacrificio para llegar a ser lo que son o han sido.

En muchos casos el sacrificio que han tenido que hacer ha sido tremendo, y es posible que si en un momento dado se les preguntara si ha merecido la pena ellos podrían dudar de que en realidad la hubiera merecido. Es la paradoja del artista reconocido, con éxito, envidiado por los demás pero que su vida no siempre es tan feliz como nosotros nos la imaginamos, porque en realidad nos imaginamos a nosotros mismos si tuviéramos el mismo talento que ellos pero sin el trabajo y el esfuerzo que les ha llevado hasta allí.

Para ser un artista de los de verdad -de esos es de los que estoy hablando- hace falta talento y mucho esfuerzo. En el caso de Paco de Lucía creo además que había un padre que se preocupaba y se ocupaba de que tocara no sé cuántas horas diarias. Es algo que ocurre a menudo. El talento hace falta para ser uno de los grandes pero el esfuerzo es indispensable para el éxito. Muchos, con esfuerzo, llegan a ser grandes artistas, la historia está llena de ellos, y nosotros los disfrutamos porque no todo el mundo puede ser Bach o Goya o Cervantes pero sí se puede ser un artista que sea capaz de transmitir belleza y sentimiento en lo que hace.

Así que muchos quisiéramos tocar como Paco, pintar como Sorolla, escribir como Marías, cantar como Camarón, bailar como Duato, hacer películas como Woody Allen… Quisiéramos, seguro. Y si se puede todo a la vez, mejor. Pero lo que queremos es conseguir todo esto sin esfuerzo, sin sacrificio, de la noche a la mañana. Y a nadie le importa lo que cada uno de esos creadores ha tenido que sufrir -no digo trabajar, digo literalmente sufrir- para llegar a crear algo nuevo y bello.

No es de extrañar que muchos grandes artistas acaben tan mal sus vidas -ni por asomo quisiera que acabaran así los que he nombrado y siguen vivos; faltaría más, yo los quiero bien-, ellos no eligen ese final pero en demasiadas ocasiones detrás de muchos artistas reconocidos hay personas que no son tan felices como pensamos.

Yo quiero disfrutar de la belleza de las cosas que crean, de la sensibilidad que demuestran, queremos quedarnos con lo bueno que tienen para darnos -como tantas veces pasa en las relaciones humanas-, no preguntamos cuánto les ha costado llegar, no queremos saberlo, pero quisiéramos ser como ellos en lo externo, en el éxito. Por eso proliferan esos programas de televisión medio concursos medio realities donde unos jóvenes hacen y aguantan casi lo que haga falta para demostrar que cantan, o bailan, o tienen talento. Y solo muy poquitos y con muchísimo esfuerzo serán capaces de hacernos disfrutar con su arte. Los demás pasarán sin pena ni gloria.

Y mientras he escrito esto, no he podido sustraerme a la tentación de volver a escuchar a mi admirado Paco de Lucía. Cuando uno escucha una bulerías de Paco sabe que él las ha reinventado, después de él han sido distintas, y bellísimas.

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