El camino juntos

Desde que lo vio de lejos sintió curiosidad. No paró de caminar hacia donde él se encontraba sentado a la sombra de un árbol, y conforme se acercaba decidió que pararía a hablar con ese hombre. Ni se le pasó por la cabeza pensar que pudiera resultar inconveniente o peligroso, simplemente sintió ganas de hablar con el hombre.

Era bastante mayor, no anciano -pero quién sabe poner la raya que delimita la vejez-, y parecía estar descansando, relajado, con el cuerpo apoyado en el tronco del árbol y mirando tranquilamente el camino por el que se acercaba alguien que no paraba de mirarlo. Así que también sintió curiosidad por el encuentro que ya parecía inevitable. Él, si miraba, siempre lo hacía de lejos, la vida le había enseñado que si miraba de cerca a las personas podía ver a su través, su mirada era muy directa y escrutadora, así que tenía que guardarse de ella porque podía molestar a quien se sintiera mirado. Por eso siempre miraba de lejos y a menudo con un deje de ironía que le permitía mantener las distancias. Pero ese día estaba relajado, no tenía ganas de ponerse la careta de la indiferencia y vio cómo se acercaba a él alguien que lo miraba, y él miró.

Así que sin pensarlo mucho se paró ante el hombre mayor sentado debajo del árbol y decidió hablar. ¿Te molesta que te haga una pregunta?, le dijo, y él le dio permiso como no podía ser de otra manera. Pero le dio permiso con la mirada y ya la pregunta se contestó sola. Se sentaron a hablar juntos un rato debajo del árbol. Hablaron mucho y poco y se comprendieron fácilmente. Pasó el tiempo como pasa el tiempo cuando dos personas se comunican con intensidad, muy rápido, por lo que le propuso al hombre mayor aprovechar lo que quedaba de día para seguir un rato más por el camino.

Para ser mayor no andaba mal, mantenía un buen ritmo sin aparente esfuerzo aunque era consciente de sus limitaciones. Andaba y hablaba, no dejaba de hablar porque no dejaba de hacerle preguntas. Sin saber cómo se vio respondiendo a todas las preguntas que le hacía y parecía tener todas las respuestas, sólo tenía que mirar un poco hacia atrás y encontraba situaciones muy parecidas vividas por él con anterioridad y eso le dio la seguridad necesaria para responder a las preguntas. Pensó, para esto sirve la experiencia, y se puso contento de haber vivido tanto.

Al mismo tiempo que le preguntaba cosas le iba contando casi sin querer mucho de su vida pero no le importaba. Sintió que podía confiar en alguien después de que en su corta vida le hubieran hecho daño, un daño que no estaba en disposición de perdonar. Pero con el hombre mayor sintió seguridad porque parecía comprender todo lo que le contaba y para todo tenía respuesta. No podía sentirse mejor que con aquella compañía.

Caminaron juntos y hablaron y compartieron vida y sin apenas darse cuenta llegaron a una bifurcación del camino. No parecía grave, las dos partes en que se dividía el camino se alejaban casi en la misma dirección, sólo se iban desviando una de la otra poco a poco y quizás a lo lejos se vislumbraba un cambio de dirección más importante. Y le preguntó al hombre mayor cuál tomaban, ¿seguimos éste o aquél?, y el hombre mayor supo que le daba igual cualquier camino que eligiera porque para él se había acabado el camino juntos.

Como pudo le explicó que él ya no podía responder a esa pregunta, que su vida no le había preparado para responder a la pregunta. El camino había que elegirlo por uno mismo. Le dijo que uno podría equivocarse o no al elegir el camino, y que hay veces en que si te das cuenta a tiempo puedes volver a desandarlo, y otras veces en que poco puedes hacer más que seguir hacia delante porque ni tú mismo estás seguro de que merezca la pena volver a andar lo andado.

Y le dijo que él tendría que desandar el camino que habían hecho juntos pero porque no le quedaba más remedio si quería volver a casa. El trecho compartido del camino lo alejaba de casa y ya era hora de volver. No era muy grave porque la distancia recorrida no fue muy larga, el hombre mayor estaba seguro de que tendría fuerzas todavía para regresar a casa pero no podía arriesgarse a que se hiciera demasiado tarde porque su vista ya no era tan buena como para andar con poca luz.

Cuando vio al hombre mayor dar la vuelta y regresar pensó que no era justo que se fuera en ese momento y de esa forma. Tenía delante de sí una bifurcación y esperaba que le hubiera ayudado a decidir, qué trabajo le costaba haber hecho un poco más de camino juntos. No le molestaba en absoluto la compañía del hombre mayor y creía que junto a él sería mucho más fácil tomar decisiones importantes. Era irritante lo injusto de la situación. Volvió la cabeza y miró al hombre mayor alejándose, a buen paso, se notaba que no quería llegar tarde a donde fuera, lo que no vio fue cómo al hombre mayor se le caían las lágrimas.

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3 comentarios

  1. Arias

    Sí señor, por fin algo de tu cosecha propia. Me ha gustado, pero ojo con el LAÍSMO del primer párrafo: “Ni se la pasó por la cabeza pensar que […]. Me he quedado con ganas de leer un relato algo más largo, así que…estaré esperando a que lo escribas.

    abril 30, 2008 en 11:04 am

  2. salvaguirado

    ¡Menos mal que me has avisado!, ya está corregido, ¿en qué estaría yo pensando? ¡mira que es difícil que los andaluces caigamos en el laísmo!
    Dudé bastante antes de publicar este pequeño relato, ya sabes que aunque parezca lo contrario soy bastante tímido 😦
    Lo de hacer algo más largo tendré que pensarlo e ir paso a paso. De todas formas, gracias por animarme, cuando recibimos buenas palabras es cuando tomamos impulso para hacer más cosas.

    abril 30, 2008 en 11:29 am

  3. Pingback: El camino y el proyecto « Salvador Guirado, perdonen que no les dé la mano

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