Cuerpo y mente y espíritu (II)

Como dije que escribiría más sobre el tema ahora tengo que cumplir, quién me mandaría a mí meterme en estos berenjenales…

Menos mal que tengo el espíritu sereno después de un fin de semana inmejorable con unos amigos en los patios de Córdoba. Qué cosa más bonita de ciudad y qué patios tan bellos y cuidados. A veces no somos conscientes de la belleza que tenemos tan cerquita de nosotros. Total, que el fin de semana ha sido de los que reconfortan el espíritu y es evidente que esto viene muy a cuento de lo que estoy tratando. Cosas como la belleza, la amistad, la alegría del buen comer y beber, el amor, todas tienen que ver con esa parte específicamente humana de la vida y a la que algunos han llamado espíritu.

En relación al libro que estaba comentando, decía que al parecer los autores ven bien esta separación en tres partes de lo que tiene que ver con el ser humano: cuerpo, cerebro y espíritu, y que así podían decir que lo que nos diferencia de los animales es el espíritu. Así evitan la palabra alma que en principio puede resultar casi sinónimo de espíritu pero que ellos no lo consideran así. Yo no creo que sea prudente hacer más divisiones de lo que es el hombre. La dualidad cuerpo-alma ya era objeto de estudio y de reflexión en el mundo griego casi quinientos años antes de nuestra era cristiana. Platón en concreto reflexionaba en sus diálogos sobre ello, y el cristianismo retoma y reconduce a su manera la idea de dos partes (o dos naturalezas) la parte material y la parte espiritual; la parte material sería el cuerpo que forma parte de la naturaleza perceptible, lo podemos ver con los sentidos, y la parte espiritual, el alma que forma parte de la naturaleza intangible.

Siempre me ha parecido que el cristianismo entendió pobremente las ideas de Platón, y yo no tengo tampoco la capacidad de comprender todo lo que dejó escrito -qué más quisiera yo-, pero en el fondo me da la impresión de que en su afán por explicar las cosas desde el punto de vista de la filosofía había en esa dualidad más un interés pedagógico que una concepción claramente dicotómica de la naturaleza humana. Y claro, con el tiempo empezaron las discusiones bizantinas de que si los animales tienen alma o sobre dónde van las almas de los que mueren (porque con el cuerpo sabemos lo que pasa, ahí no nos pueden dar gato por liebre). Pero así es el cristianismo, si no es la dualidad cuerpo-alma es la doble naturaleza de Jesucristo (hombre-dios) o si no es la trilogía divina católica que son tres y a la vez uno. Esto forma parte de nuestra cultura y es difícil que no impregne de alguna manera los pensamientos sean filosóficos o puramente biológicos sobre el hombre.

Intentaré no perder el hilo. Para mí separar el cuerpo y el cerebro (o la mente que podemos considerarla como función cerebral) no tiene mucho sentido. El cerebro es una parte más del cuerpo, un órgano que no es esencial para la vida (no lo es para la vida, sí para nuestra vida) pero que compartimos muchos animales. Y el cerebro de los mamíferos es distinto al del resto de los vertebrados. Como es distinto puede hacer más cosas, es decir la función cerebral es más compleja en los mamíferos que en otros vertebrados. Y la función cerebral en el caso del hombre es mucho más compleja que en nuestros parientes primates más próximos. ¿De dónde sale esa capacidad especial que tiene nuestro cerebro? No es algo demasiado evidente, eso hubiera sido fácil de ver y de estudiar. No hay células especiales ni regiones nuevas. Hay más células y las regiones son más complejas en determinadas partes, y de todo ello emergen unas capacidades que nos distinguen de otros animales.

El caso es que estas capacidades -obvio es decirlo- no son indispensables para la vida pero como entre ellas existe la capacidad de pensamiento abstracto, pues aquí nos tenemos intentando establecer diferencias entre lo humano y lo que no lo es: el espíritu. Yo podría estar de acuerdo si se trata de una enumeración igualmente pedagógica para explicarnos a nosotros mismos que no somos iguales que otros animales cercanos filogenéticamente (porque nadie se compara con un pulpo, por ejemplo). Pero si de lo que se trata es de pensar sobre el sentido de la vida, o sea sobre la vida misma, el concepto espíritu no me interesa en absoluto. Hay que intentar ver la vida no desde el punto de vista humano, ni siquiera humanístico, los hombres no somos el centro de la vida, somos una especie que tiene unas capacidades cerebrales especiales, pero todo ello deriva de la función cerebral nada más, por eso creo que el espíritu puede servir para describir al menos parte de esas funciones pero no para sentirnos como que la vida tiene sentido para que exista el hombre.

Desde un punto de vista biológico somos una forma más de vida -ahora no digo una especie porque el concepto especie es un concepto que hemos desarrollado nosotros-, que no tiene más sentido (ni remedio) que vivir, lo mismo que hace una bacteria, un caracol, una lombriz o nuestra querida mascota. Me gusta más el concepto de unicidad, soy lo que soy (no “soy el que soy”, esto es distinto), porque le permite a uno ir haciéndose (en esto estoy totalmente de acuerdo con las tesis que expone José Luis Sampedro en el libro, muchísimo más que con lo que expone Valentín Fuster). Ese crecer, o ese construirse si admitimos que la construcción no para de hacerse, es lo que distingue al hombre de otras formas de vida. Tenemos ciclos iguales que las demás formas de vida, nacemos, vivimos, morimos, pero mientras vivimos podemos crecer como personas, podemos construirnos hasta el momento de la muerte en que ya no habrá más posibilidad de crecer como persona. Esa es nuestra responsabilidad y nuestra carga.

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