La punta del hilo

Verano de 1973.
Acabo de cumplir 17 años y voy a entrar en la universidad. Hasta casi el final no tengo decidido qué estudiar, me gustan varias cosas -me siguen gustando, a ver quién acierta- pero lo que sí decido es empezar también en el conservatorio. Hacía poco más de un año que había tocado por primera vez una guitarra y me quedé enganchado. Ya sabía que la música iba a ser muy importante en mi vida, así que me planteé estudiar en el conservatorio. No llegué a hacerlo hasta diez años después.
Sin embargo me matriculé en Arte Dramático. Ya os podéis imaginar que ese verano estuvo lleno de dudas y más dudas. Yo había intervenido en un par de obras de teatro que hacíamos un grupo de adolescentes captados para la iglesia católica a través de algunas actividades culturales (era lo que se llamaban comunidades de base; ahí quizás me abrí a nuevas experiencias culturales, y terminé sabiéndome ateo…).
Mi primera aparición en una obra de teatro fue cortita, muy cortita. Pero por lo menos tenía un papel con texto, podría haber sido sólo figurante pero me tocó decir una frase. Éramos dos miembros de la guardia del emperador y uno de ellos no decía nada en toda la obra; yo decía mi frase: protesto solemne y enérgicamente. La obra era Rómulo el Grande de Friedrich Dürrenmatt (por cierto, años después vi esa obra representada en el Teatro Romano de Málaga y en ella actuaba Antonio Banderas, eran sus comienzos y se notaba bastante malillo, al igual que casi toda la compañía).
Después de tan excelso papel tuve la oportunidad de participar en pequeñas obras costumbristas de los hermanos Álvarez Quintero, me recuerdo en La pitanza, y en alguna de Pedro Muñoz Seca, La mala uva.

Pero por qué me decidí a estudiar Arte Dramático, pues no fue precisamente porque me viera como actor ya que era (y soy) bastante soso actuando sino porque creía que estudiar y hacer teatro me iba a ayudar en lo que, una vez decidido a estudiar biología, sabía que se iba a convertir en mi profesión. La enseñanza siempre me había gustado y ser científico también, así que la opción de ser profesor universitario se perfiló como la mejor. Sin embargo yo tenía algunos pequeños problemillas con mi forma de hablar: yo y todos los que yo conocía hablábamos muy mal, apenas pronunciábamos las eses, éramos ceceantes casi totales. A pesar de que era un gran lector y que tenía una cultura más que aceptable para el entorno social en el que me movía, casi ninguno sabíamos hablar ni medianamente bien. Nuestros profesores en el instituto no podían hacer mucho por remediarlo, supongo que bastante tenían con enseñarnos otras cosas…

En las obras teatrales de los Álvarez Quintero o de Muñoz Seca no se notaba nada este problema, de hecho los sainetes tendían a exagerar el acento andaluz, pero si uno pensaba dedicarse a hablar en público pues como que no…, así que pensé que en la Escuela de Arte Dramático nos podían enseñar a hablar. Hice sólo un curso (incluso creo que no aprobé todas las asignaturas, coincidieron los exámenes finales de primero de Arte Dramático con los de primero de Biología, está claro que me tiró más la biología) pero me sirvió de mucho. Allí me enseñaron a hablar correctamente, y con los años aprendí a no avergonzarme de mi acento andaluz, a no rehuir el acento pero a no hacer bandera de él como tan tontamente hacen a menudo en las televisiones o emisoras de radio locales.

En clases de dicción me pasé todo el curso repitiendo frases de este tipo:

    La institutriz mistress Tros trepó dando tres traspiés al tranvía treinta y dos en lugar del treinta y tres.
    Asunción y Ascensión subían juntas en el ascensor.

Había que escucharme al principio de curso…

Y en la asignatura de Declamación el primer poema que tuvimos que memorizar y que me tocó declamar en el examen final fue, sí, Nostalgia de Chocano. Por eso no lo olvidaré nunca.

Nos enfrentamos a él con dos problemas, uno era no saber pronunciar, y el otro no poder ponerse en situación de interiorizar de verdad lo que decía, con 17 años uno no ha vivido casi nada que permita comprender esos sentimientos de los que habla el poema. Pero nosotros lo intentábamos, y nos reíamos unos de otros -no sabéis cuánto- cuando nos tocaba subir al escenario a recitar. Éramos muy crueles, todavía me acuerdo de que uno de mis amigos siempre decía: Hace ya diez años que recorro el mundo, he vivido poco, me he cansado muncho; y ese muncho le acompañó años, pobre Manolo, no parábamos de recordárselo.

Esta es la punta del hilo.

Como nota curiosa, casi todos los de mi grupo de amigos éramos ceceantes pero los que venían de otros barrios eran seseantes, todo lo contrario. Una de las alumnas más seseantes era Amparo Muñoz, que sería elegida Miss Universo en 1974, unos meses más tarde, y que como quería empezar una carrera en el cine pues fue a dar clases con nosotros. Ya os podéis imaginar a chicos de 17 o 18 años con una Miss Universo en el mismo aula. Pero esa es otra historia, otro hilo.

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12 comentarios

  1. Pues con tus diecisiete años no habías vivido suficiente para poder recitar aquello desde el interior, pero ya eras muy inteligente. No creo que a muchos se les ocurriera matricularse en Arte Dramático para poder hablar correctamente. Me ha gustado mucho esta historia, Salva. Leer o escuchar recuerdos de la gente es algo que siempre me ha gustado.

    Y otra cosa que me gusta es el hilo mental. El final de este texto me ha transportado al libro Retahílas, de Martín Gaite, en el que constantemente hacen referencia a los hilos. Así de esta forma tan natural como estamos haciendo a través de tu blog.

    “Pero esa es otra historia, otro hilo.” Espero que algún día tires de ahí y cuentes más historias. Y que de ahí siempre quede un hilo por seguir.

    Un abrazo.

    septiembre 9, 2008 en 9:44 am

  2. Ira

    😀 Qué bonito que nos remitas a historias del pasado, Salva. Es estupendo revolver en los hilos y encontrar anécdotas, momentos de nuestra vida que no tienen nada que ver con el presente.

    Tuvo que ser estupendo estar en la escuela de Arte Dramático, el teatro me parece una actividad muy divertida. ¿Y cómo es eso del ceceo y el seseo? En cada sitio de Andalucía hay un deje distinto, no?

    Un abrazo,

    Ira

    septiembre 9, 2008 en 10:03 am

  3. Gracias Fusa por tus palabras, me sonrojo virtualmente…, pero un mínimo de rigor mental y de honestidad me obligan a decir que matricularme en Arte Dramático más que una postura inteligente era una postura de supervivencia, ya sabía lo que era pasar vergüenza al tener que hablar en público…, y además fue más fácil la decisión porque íbamos juntos un grupo de amigos, todo sea por la verdad histórica (iba a poner la memoria histórica pero creo que ese concepto lo tendré que retomar en otro post, de los políticos, lo siento xD).
    De hecho, hace meses empecé a escribir unas memorias de mi infancia en un barrio humilde de Málaga. Me vino la necesidad cuando conocí de repente a la hija de mi mejor amigo de la infancia, y rememoré aquellos tiempos. Solo Rocío ha leído algo de lo que escribí, y estuve de acuerdo con ella en que era muy descriptivo, con poca literatura vamos. Poco tiempo después fue cuando leí Las pequeñas memorias de Saramago y comprendí que él lo veía igual, que cuando hablas de tu niñez es mejor no hacer literatura. Todo eso lo tengo aparcado de momento.
    Además la memoria ahora es más viva hacia los detalles de la juventud, no de la infancia (conforme vaya siendo mayor iré recordando mejor la infancia, espero).
    Seguimos tirando…
    Un abrazo, Fusa.

    septiembre 9, 2008 en 10:46 am

  4. Ira, me alegra mucho que te gusten esta historia. Me siento un poco como el abuelo Cebolleta (igual no sabéis quién es, un personaje de los cómics de mi época), pero las cosas pasan como pasan y en este momento tocaba recordar.
    Lo del ceceo y seseo es una característica de la pronunciación andaluza (antes se consideraba un grave error que había que corregir para hablar bien). Va por zonas, incluso antes iba por barrios como ya conté. En casa era curioso, mi madre es seseante y mi padre era ceceante…
    El ceceo es no pronunciar las eses, todo se convierte en un sonido con la letra c o la letra z (el fonema es igual). Imagínate algo así como: nozotro’ lo’ andaluce’ zabemo lo que hay que zaber (un poco más suave que lo que aparece escrito pero en esencia es así). El seseo es todo lo contrario, no existen ni las ces ni las zetas, todo son eses (esto pasa mucho también en latinoamérica).
    En cuanto a estudiar Arte Dramático sí que fue divertido, igual cuento alguna cosa sobre teatro otro día. A mí, como era tan sin gracia para interpretar, me tiraba más la dirección (será que me gusta mandar).
    Un abrazo.

    septiembre 9, 2008 en 11:00 am

  5. Arias

    Cualquiera diría que un día te dio vergüenza hablar en público, debió ser muy productivo aquel curso en arte dramático.
    A mi me ocurrió algo parecido, me matriculé en la universidad por primera vez en Ingeniería Química, con 17 años también…pero fue un fracaso, no aprendí casi nada y me marché de la carrera en enero con la cabeza baja. Como a ti, la biología me tiraba más y en ese verano me matriculé. Ahora parece tan lejano…

    septiembre 9, 2008 en 11:45 am

  6. 😀 Elisa, tampoco nadie se cree cuando digo que soy muy tímido… es que disimulo muy bien (de eso va el teatro, de hacerte pasar por quien no eres).
    En todo caso, hablar en público es como tantas cosas, tiene su técnica y sobre todo su práctica. Decía Andrés Segovia esto (con acento andaluz, no hay que olvidarlo): “El tocar la guitarra no tiene ciencia, sino fuerza en el brazo, permanecencia”. Hasta para inventarse palabras era un maestro. O sea insistencia, práctica, querer hacer las cosas…
    Y no diré nada de mis colegas de Ingeniería Química que se pueden molestar 😛 , pero hoy día aún hay alumnos que se van a Granada a terminar la carrera porque aquí no se sabe bien qué pasa…

    septiembre 9, 2008 en 12:37 pm

  7. Salva, acabas de enseñarme qué diablos era eso de no saber pronunciar la C, cosa que escuchaba que siempre criticaban los españoles a los latinoamericanos.

    Yo que me preguntaba una y otra vez cómo debía sonar esa consonante 🙂

    Y si, seseo!

    septiembre 9, 2008 en 11:01 pm

  8. Jorge, esos españoles que criticaban seguro seguro que no eran andaluces 😀
    A ti no hace falta que te explique que la pronunciación es algo que se aprende en la calle, casi ni siquiera en la casa de cada uno. Conozco un profesor universitario chileno pero de padres vascos (Kiko Aboitiz) que sesea como es natural que lo haga, a pesar de que en su casa sus padres nunca lo harían…
    Los dejes, los acentos, son cultura y enriquecen. Seguro que esos españoles criticones si se encuentran con una mulata caribeña les parece graciosísimo cómo hablan, y se quedan embelesados de su acento…, lo que te digo, cultura 😀

    septiembre 10, 2008 en 9:11 am

  9. Cada día me quedo más admirada cuando pienso el valor que tienen tantos profesores al ponerse delante de un aula.
    Un saludo!

    septiembre 10, 2008 en 11:09 am

  10. No es para tanto, Elia (bueno sí, a veces, pero no hay que dramatizar…, igual cuento alguna historia real…).
    Recuerda siempre que existe la variante masoca de profesores que tienen vocación y saben que hay que dar la cara en público, y también está la sádica, que todos hemos sufrido.
    Por cierto, he venido leyendo tu blog desde hace unas semanas, desde el post de la experiencia Zen (sabes que hemos coincidido en algún otro blog), aunque no he comentado nada, y sé que estás o deberías estar estudiando 😀 . Fíjate qué larga es la mano de la justicia profesoril…
    Un saludo, y prometo corresponder.

    septiembre 10, 2008 en 11:41 am

  11. Mar

    Me ha parecido fascinante tu historia. Realmente curiosa la relación arte dramático-biología-científico para acabar siento profesor universitario.

    Ando un poco de bajón, siento tener tu blog abandonado.

    Mar

    septiembre 10, 2008 en 1:02 pm

  12. Por favor Mar, ni se te ocurra disculparte por el blog. Tú sabes que lo importante somos las personas no los blogs ni la internet toda…
    Me alegra que la historia te guste, porque además es la pura verdad. Jeje, fíjate que todavía me acuerdo de los ejercicios que tenía que hacer para pronunciar bien, no se me olvidan aunque ahora ya no importen tanto.
    Un abrazo.

    septiembre 10, 2008 en 1:26 pm

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